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| Perdón por la tristeza, como decía Sabina |
No
saldremos mejores. Saldremos más viejos y más gordos. Y también saldremos mas tristes
y mas desesperanzados y saldremos muy cansados de aguantar al peñazo del vecino, que ya sabíamos
que era incívico y mal educado antes del encierro, pero ahora lo ha demostrado
cada día y cada hora del día. Ha salido la calle cuando le ha parecido bien. Ha
recibido visitas de la familia en los momentos mas estrictos del confinamiento.
No respeta los horarios
establecidos ahora que podemos ir saliendo poco a poco y por edades. El y
ella, claro - los dos de la pareja son iguales, igual que los padres de uno y de
otra - decidieron al principio que no había problema ni riesgo en que los
abuelos vinieran cada día, dos veces al día a visitar a los nietos y a voces
desde la verja del jardín saludaran a los niños que respondían a gritos felices, y todavía no culpables, de alegrarse de ver a sus abuelas y abuelos. Yo que ellos
me habría sentido como los monos en el zoo. A los abuelos les faltaba tirarle
los caramelos entre las rejas de la verja como si de una jaula se tratase.
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| ¡Maldito coronavirus! - ¡Está en todos sitios! |
No
saldremos mejores. Saldremos más pobres. A unos amigos informáticos, Jose y Rafa, le han hecho un ERTE. Mis sobrinos, que trabajan en temas de turismo, han perdido sus trabajos,
lo mismo que el marido de la señora que viene a hacer la limpieza, a ayudarme
con la limpieza, que decía mi amigo el progre.
Mi amiga Rocío, donde voy por cuestiones estéticas,
acababa de abrir su nuevo 'salón de belleza' unos meses antes del confinamiento. Era un bajo que su padre le había
dejado y ella, con mucho primor y todos su ahorros y quizás un préstamo del
banco, había convertido en un coqueto salón de estética donde hacer las uñas,
la cera, masajes, la pedicura. Todo. La última vez que fui tenía tres chicas contratadas
y ella de supervisora y de maestra en el arte de poner las uñas tan largas y
arregladas como las de Rosalía. Ahora, qué pasará con ella y con sus trabajadoras.
Qué pasara con Celia, la peluquera del barrio. También ha cerrado porque no
puede costearse las nuevas medidas de protección.
Qué pasará con nuestro bar
favorito. Si en el pequeño lugar donde el Ayuntamiento le dio permiso para poner
su terraza Antonio tiene que poner cuatro mesas en lugar de las ocho habituales, no
podrá contratar a Paco, el camarero simpático que nos daba conversación incluida
con las tapas y con la cerveza.
No
saldremos mejores. Saldremos tan poco solidarios y generosos como siempre
hemos sido. Porque estamos agotados, deprimidos y cabreados y porque nuestros políticos no nos han dado
ejemplo de ser conciliadores y buenos gestores. No entendemos por qué pelean desaforadamente
en un momento como este donde todos deberíamos trabajar juntos. Cada opinión
cuenta, dicen. Pero hay veces que hay que tragarse la opinión propia en beneficio
de todos. Eso pensaba yo antes de la crisis.
Antes
de la crisis también pensaba que en esta primavera veríamos a los nietos jugar en el patio de
casa, que viajaríamos con ellos a una casa rural en Cazorla, que los llevaríamos
a ver la nieve en Sierra Nevada o al Cabo de Gata a ver la puesta de sol o al mercadillo
ecológico del Salón o al huerto de Manoli y Emilio a recoger los tomatitos
cherry. Ahora no los veremos en casa, y tampoco sé cuando los veremos en su nueva casa en Francia.
Así que además saldremos más tristes.