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| Clase de fotografía |
He ido desde Albolote a Maracena, a mi clase de fotografía, sin un euro en el bolsillo, sin un céntimo, sin cartera, ni tarjeta. O sea que he ido sin billete. Menos mal que son pocas paradas y no ha llegado el inspector. Me hubiera muerto de vergüenza.
Me había dejado el monedero en la cómoda de la entrada: el despiste mañanero y las prisas.
Cuando salí de la clase de fotografía, bajé a mi taller de cerámica. Saludé a mis compañeras y le pedí a Ana, mi profe, un préstamo de dos euros para poder comprar un billete y unirme a la celebración del cumpleaños de María Luisa.
No podía ni imaginar cuánto partido le iba yo a sacar a esas dos monedas de euro. Me fui a la parada del metro a comprar mi billete - yo no sabia que un billete suelto cuesta 1,35€ . Con mi tarjeta del Consorcio de Transportes los viajes solo me cuestan unos 45 céntimos. La máquina no aceptaba mis monedas y el metro ya estaba parando en la vía. Un señor me vio nerviosa y me ofreció un billete, supongo que era el suyo. No se, me cogió un euro de la mano -Esto basta, dijo y yo le di las gracias, otra vez despistada y aturdida.
Me bajé en la estación de autobuses, la parada para ir a la residencia de María Luisa, donde habíamos quedado las primas y Nico para comer con ella por su cumpleaños. En el camino decidí entrar en el AKI para comprarme una botellita de agua. Con tantas emociones iba muerta de sed y supuse que con el euro que aun tenia en la mano me podría permitir ese lujo. Un hombre tendido en la acera, con su chaqueta haciendo de almohada, me dijo - Señora, si va a entrar, tráigame algo de beber.
Di vueltas por todo el super buscando el agua; en la sección de panadería un hombre escarbaba entre las barras de pan con su manaza buscando la barra mas tostada, sin guantes y sin vergüenza. Yo encontré el agua y me permití comprar dos botellines. ¡Aún tenía 50 céntimos de euro!!
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| Con tía María Luisa |
En la caja me volví a encontrar al hombre de las manazas pidiendo a gritos a la chica de la caja que abrieran otra caja más porque el tenia mucha prisa. Repetía- Tengo el autobús mal aparcado y me van a multar. Con sus gritos nos espantaba a los que esperábamos en la cola silenciosos. Una nueva chica abrió la otra caja, el pagó su compra y se fue. Yo también tuve tiempo de pagar los botellines y salir a la par que él. Volví a donde estaba el hombre tumbado y le di el botellín, como quien realiza una maravillosa obra de misericordia - Dad de beber al sediento. Pero el hombre desde su 'tumbona' me dijo - Señora, esto no es lo que quiero para beber. Yo le contesté - No puedo comprar otra cosa, no tengo más dinero. Si no la quiere déjela por ahí. -- No, me la beberé. "Menuda obra de misericordia tacaña", pensaría el hombre.
El hombre del pan estaba a mi altura y cruzó la calle; por allí no había ningún autobús, ni mal, ni bien aparcado. Se ve que era su coartada para ser grosero, dar voces y salir el primero de la cola.
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| Emily Dickinson |
Llegaron las demás primas y nos fuimos al restaurante a comer la comida que a ella le gusta: los fritos que no puede ni deber comer en la residencia, pero de los que ella disfruta como una niña.
De postre un helado maravilloso en la heladería de la esquina y un café.
Y nos despedimos hasta el próximo encuentro.
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| Mi cubertero |
Nico me dijo de ir al taller de Cecilia, al pantano de Cubillas, a recoger una pieza de cerámica que le habían cocido allí. Yo pensé que sería valiente y me iría en la moto con él. Pero no lo pude resistir y dos calles mas adelante le dije que me iba a bajar, que yo iría andando a Maracena para mi clase de cerámica, pero que no tenia valor, fuerzas ni energías para ir en la moto.
Me senté en un banco para tranquilizarme. Bebi un poco de agua de mi botellín. Me levanté y me fui a la cerámica. Hice los últimos arreglos al cubertero para la Casa Roja. Le hice unos troquelados con forma de pez, pato y burbujas. Lo pinté con engobe azul. Me fui a casa.
Escribí esta historia en mi blog.
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| Pan y quesico - recuerdos |
Acabo de volver a casa.
Ha sido otro largo e intenso día. Mi vida ha cambiado tanto que casi no la reconozco.















