| La vista desde la casa en ruinas |
Yo
siempre he sido muy cobarde, pero, a pesar de eso, siempre me he metido en
aventuras que no parecían serlo.
Hoy
he vivido una de ellas y apenas a 20 kilómetros de mi casa.
Me
he ido, yo solita - cómo si no - a hacer fotos para unos de mis concursos
habituales, al pantano de Cubillas, que es como nuestro jardín particular, que decía
mi padre. Aparqué el coche en un ancho del camino y bajé hasta la orilla a hacer
fotos del paisaje, de los árboles arrancados de cuajo por el viento el invierno
pasado aún tumbados y abandonados sin que nadie los recoja, y de
la playa que va quedando, porque el nivel del agua ya ha bajado bastante, aunque
no demasiado para la época del año en la que estamos.
| Los árboles desarraigados, como las criaturas |
También
había una parejita dedicada a sus cosas y yo, que soy cobarde, pero discreta, removí
las piedras del camino para que me oyeran y se percataran de mi presencia.
No
había nadie ni nada más, ni patos, ni pescadores, ni nubes. Un día muy
tranquilo.
Me
volví al coche pero vi que donde lo había aparcado, junto a un carril de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, que
siempre había estado cerrado, hoy estaba abierto. No me pude resistir. Seguí por allí haciendo
más fotos y feliz de tener un punto de vista diferente del pantano. “Esta vista
no la va a tener nadie”, --pensé--. Es que el pantano es un tema recurrente en todos
los concursos fotográficos de esta tierra.
| La casa abandonada |
Encontré
unas ruinas al final del camino. Una vivienda vandalizada, abandonada, llena de
porquerías y grafitis. Como todas las casas que alguien deja olvidadas en el
campo. Qué pena. Las vistas de la presa, el agua y las montañas desde la fachada principal de la casa aun era
maravillosa, y todo el lugar estaba lleno de paz, excepto por las señales de guerra
de las ruinas.
Seguí un poco más y descubrí entre los olivos a otro intruso como yo. Un hombre vestido de negro que se puso de pie cuando me oyó, pero no me devolvió el saludo. Vi su bicicleta y los trastos que había cerca de él. Se veía que conocía el sitio y que estaba descansando de su paseo en bicicleta hasta ese punto. Pero, de repente, me entró miedo. ¿Y si es un psicópata que ahora me ataca?
| ¡Qué pena de casa! |
Me volví rápidamente hacia el coche, pero el hombre me alcanzó
justo cuando yo estaba abriendo la puerta del piloto.
Está bien este camino, --me dijo a modo
de saludo.
Si --le respondí--, yo siempre lo había visto
cerrado. Pero ahora no me extraña por cómo han destrozado la casa que hay al
final.
Son los rumanos, señora. Tenga cuidado
si viene usted sola por aquí. Yo ya me los he encontrado alguna veces y dan miedo. Se meten,
se tumban ahí, hacen fuegos. Si a usted
le gusta salir sola de paseo, lleve algo para defenderse: gas pimenta, una
navaja, algo. No salga así. No sabe lo que le puede pasar.
Menuda imaginación: la mía y la de este tipo que me ha metido otro
miedo distinto en el cuerpo. Es un
problema. Ahora no sé qué voy a hacer.
| Las bolsas con los restos de la marihuana en la Vega |
Este verano me asustaba la posibilidad de encontrarme un almacén o un invernadero clandestino, claro, de marihuana durante mis paseos por la Vega. Ahora son los rumanos. Mañana...
















