miércoles, 29 de mayo de 2019

La palmera

Si la palmera pudiera
volverse tan niña, niña,
como cuando era una niña
con cintura de pulsera.
Para que el Niño la viera…
      
Canción al Niño Jesús de Gerardo Diego

Nuestra palmera en sus mejores días
 Nuestra palmera también tenía la cintura de pulsera cuando era pequeña y aun cabía en la lata de expansión del circuito de calefacción - la misma lata que estaba colgada de la pared de la torre y que rebosó la primera noche que dormimos en esta casa. Pedro cerró el circuito que llenaba los radiadores y quitó la lata. La dedicamos a macetero porque entonces queríamos plantar árboles y flores por todo el jardín y en todos los recipientes a nuestro alcance.  
Con el limonero

Cuando teníamos un níspero


De hecho, plantamos tantos arboles que tuvimos que talarlos al poco tiempo si no queríamos tener una chopera en lugar de un jardín. A la primavera siguiente el ciruelo, los dos cerezos, el níspero, el granado, el limonero, la tuya, el laurel y el manzano empezaron a echar hojas y ramas - y a atraer hormigas, pulgones y otras plagas -. Entonces nos dimos cuenta de que nuestro jardín era demasiado pequeño para tanto árbol y los quitamos casi todos. 
Aun muy joven


La pequeña palmera no estaba en la lista de árboles que quitar porque aun crecía en la maceta de lata y era tan frágil que nunca pensamos que llegaría a tener la cintura de la pata de un elefante y que se vería desde toda la calle para ser la señal de identidad de nuestra casa y, por supuesto, tampoco pensamos que sería imposible abrazarla.
Al amanecer

Dátiles

Preciosos, pero incomibles

Al sol

Tardó veinte años en alcanzar ese tamaño. Y entonces, murió.
Se puso tan grande como la pata de un elefante
Bajo la nieve
Nuestra maravillosa palmera había soportado los calores y los fríos, la nieve y las heladas y todas las obras que decidimos hacer en el patio de esta casa que, como cualquier otro adosado que se precie, ha cambiado tanto de aspecto que no lo reconocería el arquitecto que lo diseñó, si es que se pudiera acordar de una más de las miles de urbanizaciones que diseñó en serie en los años 80 y 90, cuando la anterior burbuja de la época de la EXPO92, cuando también nos creímos ricos y salimos corriendo de las ciudades para vivir en unos pueblos que no tenían ni los más mínimos servicios públicos, donde aún seguimos viviendo.
Crecía entre otros árboles

 
Urbanizaciones - todas iguales
Como buenos propietarios de un chalet adosado enseguida emprendimos reformas de la casa: hicimos la piscina, pusimos el césped, quitamos el césped, enlosamos el patio, ganamos la terraza para el salón, modificamos el suelo del porche, pusimos una balaustrada donde estaba la baranda de hierro, pusimos un seto de cipreses, quitamos el seto, replantamos diez veces el jardín, arrancamos la tuya, el laurel y el níspero - que habían sobrevivido la primera poda, arreglamos el sótano, pusimos ventanas nuevas... ¡Todo lo que un adosado pueda aguantar y sus dueños también!  

Moribunda
Nuestra palmera y nosotros resistimos y sobrevivimos a todas las obras y a todos los albañiles que las hicieron en más de cinco ocasiones.  ¡Pero nuestra palmera podía con todo!
Picudo rojo - ¡¡La plaga!!

Hasta que un día, un maldito día de la primavera de 2014, un picudo rojo llegó volando desde la casa del vecino. El nos había dicho que talaba su palmera porque le quitaba el sol. Pero no era verdad, estaba enferma, muerta. 
Sus picudos rojos volaron hasta nuestra palmera y allí se quedaron a vivir.
Alguno cayó en la piscina, en la cabeza de mi madre, que se dio un buen susto. A otro lo capturé yo para hacerle una foto y los demás picudos la iban devorando por dentro sin parar.
Las ramas empezaron a caer como si fuera un árbol en otoño, los precioso dátiles perdieron el color y la corteza se desmoronaba y llenaba de serrín todas las flores y macetas colocadas a su alrededor.
Daba pena verla morirse poco y saber que ya no tenía solución, que sólo era cuestión de tiempo.

 
Pobre palmera muerta
La dejamos durante quince días sola; nos fuimos de viaje a Italia. Cuando volvimos nos encontramos que la pobre palmera había doblado la cabeza y ya solo nos quedó llorarla, cortarla y enterrarla para que sus picudos no fueran mas lejos.
Nuestra preciosa palmera, de cintura de pulsera, que había dado un toque de distinción de mansión de indianos a nuestro pequeño adosado ya no estaba con nosotros.
Siempre da pena cortar un árbol, siempre es una alegría verlo crecer y que sea testigo de la historia familiar. 
Ella nos hizo compañía durante 20 años y nos dejó su recuerdo en todas las fotos que yo le hice durante este tiempo y que ahora comparto con vosotros. 
1993 Cuando era pequeña y aún estaba en la lata

Sobre el tocón de la palmera yo coloqué mis plantas crasas