Mostrando entradas con la etiqueta recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdos. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de agosto de 2026

Hace 70 años


El terremoto de 1956
Ya sé que vivo, vivimos, en tierras de terremotos. El de la madrugada del día 15 no fue algo nuevo. 
Hace 70 años

Pero este fue especial. De hecho, no había habido otro tan grande desde el terremoto de Albolote del 18 de abril del año 1956. Exactamente hace 70 años, como decía la portada del diario IDEAL.

Para nosotros es tan común que haya terremotos, que no nos asustamos o, a veces, ni siquiera los notamos, y el tema apenas se comenta al día siguiente. 

Mi foto de San Miguel Bajo - Albaicín

Pero, este, el terremoto de la noche del 14 al 15 de agosto, vino con ruido, con un gran estruendo a despertarnos a los que ya disfrutábamos del primer sueño. Yo sentí que una horda de guerreros a lomos de caballos inmensos entraba por la puerta de mi dormitorio.
Cuando mi cama y el suelo dejaron de temblar, me levanté. Nada se había caído a mi alrededor, solamente la lámpara de la entrada oscilaba como el péndulo de Foucault, pero más rápido.
Apenas un minuto había pasado y ya la gente dejaba mensajes a familiares y amigos preguntado cómo estábamos.  -- Todo bien por aquí. ¿Y vosotros? 
Mi hermano Nico no respondió. Al día siguiente me dijo que a esa hora estaba en el baile de las fiestas de Víznar y allí nadie se enteró del terremoto, --Es que estamos más altos, a ti te pilló más cerca, -- me dijo.

Viviendas para los damnificados
Viviendas para los damnificados del terremoto de 1956

A raiz de esta desgracia,  se construyeron viviendas para los vecinos afectados, se inició la construcción del embalse del Cubillas y  en 1957 también se empezó la planificación para construir el anejo de EL CHAPARRAL, un poblado de colonización, como tantos de la época.
El Chaparral
Afortunadamente ya no se caen las casas, no revientan las conducciones de agua, y no se vienen abajo los tejados.

En Albolote la gente se asustó. Claro. Aunque sólo los mayores recuerdan la tragedia que supuso aquel terremoto que destrozó el pueblo y en la que murieron siete personas, todo el mundo sabe que la mayoría de las viviendas, de muy mala calidad, se cayeron a pedazos y durante semanas los alboloteños tuvieron que vivir en tiendas de lona del ejército en la calle, en malísimas condiciones. 

Embalse del Cubillas

Tantas medidas se tomaron para aliviar al pueblo asolado por esta gran tragedia, que los vecinos de Albolote miraban por encima del hombro a sus convecinos de los pueblos cercanos, Atarfe, Maracena, y les decían -- Soy del Albolote, de donde el terremoto.

No pasó nada en el pueblo la otra noche. Solo en la placeta frente al cuartel de la Guardia Civil, las naranjas locas han llenado el suelo. Supongo que ya estarían a punto de caerse - nadie las recolecta - y hoy el suelo parecía una alfombra naranja.

Nuestras casas son antisísmicas. la mía tiene unos cimientos sólidos e intocables, unos zunchos que cruzan el sótano de parte a parte, que garantizan que esta casa no se caerá nunca. ¡Las cosas han cambiado mucho desde entonces!

Solo se cayeron las naranjas locas
¡Ojalá yo no tenga que ver si eso es verdad o no, pero eso me dijeron cuando la compré! 

sábado, 16 de mayo de 2026

Un día como otro cualquiera

Ventas de Huelma-ruta habitual en los 80 y 90

Llevo unos meses recorriendo con mi grupo de fotografía los mismos caminos que recorría y disfrutaba hace ya algún tiempo, durante mi larga carrera como ciclista, con Pedro y con nuestra pequeña peña ciclista.

Ahora, que salgo al campo de paseo y también a hacer fotos, muchas veces voy sola y tengo miedo a que un cultivador de esa planta aromática y embriagadora, que tan bien se da en nuestras tierras, me dé un día un susto. 

Otras veces salgo con mi grupo del taller de fotografía de Maracena, TAFOMA.

Hoy hemos estado en el Temple. Para los ciclistas de hace años era un lugar favorito porque la carretera que lleva desde La Malahá a Ventas de Huelma, y más tarde a Agrón, no tenia apenas tráfico y el asfalto estaba en buenas condiciones para las bicis de carretera, nuestras primeras bicis, las únicas que había entonces.

Ahora esta ruta es intransitable: los camiones entran y salen del Polígono de Escúzar camino del Puerto de Motril o de las autovías y ya se ha acabo la tranquilidad. 

Tengo pocas fotos de aquellos días en los que salíamos de nuestra casa en el camino de Ronda y hacíamos esas rutas con viejos ciclistas en grandes peñas, porque entonces solo tenía mi cámara analógica y se le acababa pronto el carrete. 

Mi equipación en 1991

Aquellos hombres mayores que formaban la peña ciclista, no paraban de darme consejos sobre mi manera de llevar la bici. Nunca les parecía bien cómo llevaba los piñones, ni los cambios, ni la postura de mis pies, ni nada - Niña, que vas muy dura, Niña, que vas muy blanda. 

Yo ya no era tan niña. Había vuelto a la bici, que había sido una afición de adolescente, con 35 años. Pero para ellos yo debía de ser de la edad de sus nietas.  

  Guardo muy buenos recuerdos de aquellas primeras rutas, aunque mi bici era muy grande para mí, y eso que era la talla más pequeña de adulto. 

Además, también era imposible encontrar ropa apropiada para mujer porque solo había culotes y maillots para hombre. Mis zapatillas eran la talla más grande de las de niño, y el sillín me dolía como a cualquier novato ciclista que se precie.

 Pero lo pasaba bien. Cada ruta era una aventura.

Al fondo, embalse de los Bermejales

Hoy he vuelto por esos caminos, con mis colegas fotógrafos, y he hecho 300 fotos de las que tiraré 280, que no valen nada, porque hacer fotos es como rascarse: una vez que empiezas, ya no puedes parar.   

Si me ponen delante un hermoso paisaje, como el que hemos visto esta mañana, lleno de flores de esta bendita primavera, de campos verdes, encinas, pistachos, lomas y hasta una torre y un pantano, ya no tengo manera de decirme a mí misma --¡PARA, STOP!

 Pedro lo hacía. Se quejaba con santa paciencia de que siempre quisiera parar para hacer fotos con la frase: 

-- ¡Si esta foto ya la has hecho mil veces antes!!

 Ya, --decía yo--, pero hoy hace menos sol, hay más nubes, tengo otra cámara, han construido más urbanizaciones--.

Esas eran mis excusas para volver a hacer la misma foto una y otra vez.

Torreón de Agrón

 Pero ahora mis compañeros y compañera (solo hay otra mujer) del grupo de 'fotógrafos' con el que hago estas rutas, son iguales o peores que yo. Hacen miles de fotos ¡y no tienen prisa!   
 
Ya no tengo bici, pero sigo disfrutando de estos paisajes maravillosos y de las fotos, otra de mis grandes aficiones. 
 
 
 
 
 

Ciclistas y fotógrafos por los caminos



Los Bermejales desde la Torre de Agrón

Hoy he vuelto al pasado. Misma placa, mismo pueblo. 
Ventas de Huelma 22 años mas tarde


 

domingo, 8 de junio de 2025

ANIVERSARIO

20 piedras - 20 años de este BLOG
Por esos caminos

Mi última excursión antes de la caída - Veleta
En estos días se cumplen 20 AÑOS  desde que empecé este blog; veinte años desde que empecé a subir mis fotografías al FLICKR; veinte años desde que descubrí que me encantaba hacer fotos y me encantaba unirlas e incluirlas en mis textos. 

Mi férula y yo de viaje por esas tierras

Veinte años desde que me rompí el húmero izquierdo en una tonta caída de la bici que me mandó al sillón de la baja durante seis meses, hasta que me quitaron la férula, hice la rehabilitación, pude volver a levantar otra vez el brazo como para bailar sevillanas y pude volver a dar mis clases en el instituto y volver a montar en mi querida bici. 
Fue pesado estar invalida, bueno solo un poco inválida durante seis meses, pero tuve buena ayuda y tuve la compañía de toda la gente que empezó a leer mis textos en EL VERANO y a ver mis fotos en mi galería del FLICKR.

Después de tanto tiempo, tras estos veinte años, ya sé que ninguna de estas cosas me harán famosa, ni las fotos, ni la escritura. 
Pero me han ayudado a mi, me han hecho gran compañía y por ello quiero dar las gracias a Ara, que fue quien me descubrió este mundo, a Pedro, que me ha aguantado pacientemente todas las horas que le he dedicado a estas dos tareas de fotos y textos, y a vosotros, que me habéis seguido la pista y a veces me habéis dejado un amable comentario.
 
Solo unas pocas de mis fotos

No seré una influenciadora (INFLUENCER), no crearé contenido, pero me lo he pasado muy bien y por eso espero seguir haciendo esto, fotos y textos, al menos ¡20 años más! (Si me dejan)

 
Una protagonista indiscutible de mis fotos

Mis rutas ciclistas


lunes, 5 de mayo de 2025

El gran apagón

Unos cuantos 'plomos'
  Cuando mi padre ya se había cerciorado de que no había dejado a ninguno de nosotros olvidado en un rincón de la casa, de que el frigorífico, vacío como para que se despeñaran los ratones, tenía la puerta abierta; cuando ya había cerrado la llave de paso del agua, había bajado todas las persianas, cerrado toda las ventanas y puertas y no quedaba nada más que hacer en una casa silenciosa y tan vacía como un desierto, lo último que mi padre hacía, cuando nos íbamos a pasar un mes de vacaciones en verano, era quitar los plomos: quitar las placas de porcelana blanca que cubrían los fusibles y que eran lo que vulgarmente nosotros conocíamos como los plomos.

Las dejaba alineadas encima del poyo de mármol de la cocina. Había tres pequeñas y dos grandes, porque, en una casa antigua como aquella, había corriente a 125v y a 230v, algo que nunca entendí muy bien qué significaba, pero si sabía que debía tener cuidado de no enchufar el flexo en un enchufe que no le correspondiera porque - entonces sí que saltaban los plomos.

Desconectados - así estuvimos

Como, por lo visto, saltaron el lunes pasado. Solo que en este caso no se solucionó el problema cambiando el hilito de cobre que mi padre ponía entre las dos plaquitas metálicas, cosa que en casa todos y todas aprendimos a hacer, porque los plomos saltaban con mucha facilidad.  Pero este lunes pasado no hubo solución más que esperar sin luz, sin electricidad, sin móvil, sin comunicaciones.

Porque lo curioso es que con aquel sistema tan rudimentario que teníamos de electricidad, el teléfono sí que funcionaba cuando se iban los plomos. A mi aquello me parecía mágico.

Teléfono fijo

En una ocasión en que volví con mis padres a la casa al final de las vacaciones, antes de que él hubiera colocado las placas cerámicas en su sitio, me dijo - Llama a tus hermanos a la playa y les dices que ya estamos en casa. - Pero, papá, ¿Cómo voy a llamar si no has puesto los plomos aun? - Pedazo de tabardillo, -me dijo-, con lo lista que eres ¿no sabes que el teléfono no necesita electricidad para funcionar?

A oscuras me fui a dormir

¡No, no lo sabía!! Ahora ya si lo sé. Pero ya no me sirve porque ahora todos los teléfonos necesitan electricidad… y por eso nos quedamos colgados el lunes sin poder comunicarnos.

Ahora todo funciona con electricidad.  Y así nos va!


miércoles, 26 de febrero de 2025

La hortensia de invierno

La bergenia de mi jardín 
 Mi vecina Paqui tenía un huerto de tomates y hortalizas y yo iba a su casa cuando llegaba el verano a comprarle kilos y kilos de sus riquísimas verduras de temporada y del terreno. Como fui tantas veces y nunca le regateé ni un céntimo ni un tomate, casi nos hicimos amigas bueno, en realidad, solo fuimos buenas vecinas que charlabamos sobre los nietos, los trabajos y los huertos. 

Su marido nos contó que él había trabajado en la construcción en la isla de Menorca, como muchos emigrantes que salieron de estos pueblos andaluces, y que volvió al pueblo cuando se jubiló. Compraron esa casa donde ahora viven, al final de mi calle, y él se dedica a trabajar en unas tierras que eran de su familia para entretenerse. 

Hojas enormes

Yo estaba feliz con esa afición de mi vecino porque cuando llegaba el verano, me abrían sus jardín y sobre la mesa del patio hacíamos negocios sabrosos.

Mientras ella me pesaba las bolsas de tomates, pepinos, pimientos y lo que hubiera recogido su marido ese día, yo admiraba su jardín y se lo celebraba. Tenía un níspero y un naranjo de comer, no de mermelada, además de plantas variadas en los arriates: cintas, hortensias, plantas aromáticas y una planta de enormes hojas  de color verde oscuro con estrías en un rincón a la sombra, que a mí me evocaba el jardín de mi abuela pero cuyo nombre ignoraba. 

Tomates del terreno

Paqui me dio unos esquejes de esta planta antigua, a la que ella llamaba violetas y yo la planté en mi jardín, junto a las matas de hierbabuena,  a la espera de que algún día yo viera las violetas florecer en mi pequeñísimo huerto.

Yo utilizo sus grandes hojas para mi cerámica

Pero no salieron violetas, aunque las flores que si salieron eran de un lejano color violeta, más rosa que morado. 

No eran hortensias, aunque se le parecían. Estas flores añejas, esta planta que cada día se ha hecho más grande y que amenaza con devorar a todo lo que hay a sus alrededor, es en realidad una BERGENIA, y también se la conoce como hortensia de invierno, porque nos alegra el jardín desde enero a marzo, cuando pocas cosas florecen. 

A veces me salen bien

En realidad su nombre científico es Bergenia crassifolia. Y si quereís saber más detalles interesantes sobre esta planta un poco 'anticuada', pero realmente bonita y decorativa para cualquier jardín, leed este artículo publicado en EL PAIS el domingo pasado.   "Cuidado y disfrute de la bergenia, la hortensia de invierno"




Animaos con esta planta. Ya veréis como pronto tendréis preciosas hortensias de invierno en vuestro jardín o en simplemente en un balcón, y si os da por la cerámica, como ami, podréis usar sus hojas para hacer precioso platos para la ensalada. 

Mi bergenia, rodada de ortigas - ¡para la sopa!!


sábado, 4 de enero de 2025

Abducida por una bata-manta

 Lo mejor de que te toque un premio es cuando ni siquiera has participado en el sorteo. 

Los regalos de Sara y la bata-manta

A mí me tocó un premio de esos, sin participaciones ni boletos, en una tarde de encuentro familiar con regalos de amigo invisible en la Navidad del año pasado. Me apunté tarde a una visita a tía Mami para poder charlar con ella y con el resto del grupo y cuando terminamos el café y el roscón de Reyes, que alguien llevó para la merienda, todos, menos yo - que vergüenza- sacaron sus regalos, los pusieron encima de la mesa y dijeron, -- Este para Isa, este para Nico, este para Pablo, este para María Luisa, este para Mar, ¡este para tí!

Lo de adjudicar los regalos al azar me recordó a  cuando jugábamos a las prendas y nuestra tía Isa se ponía todas nuestras prendas en el regazo y con una prenda  escondida en su mano, decía al resto - ¿Que tiene que hacer esta persona para recuperar su prenda? y el resto de chiquillos sugeríamos los 'castigos': "Que diga tres veces 'Sardinas al Pie de la Torre', que dé dos vueltas  a la casa marcha atrás, que me traiga un caramelo, que cuente del 100 al 1 de dos en dos."  Y cuando tía Isa abría la mano y tu prenda estaba ahí y se había aprobado tu sugerencia de decir lo de las sardinas, eras tú quien se tragaba la respuesta del grupo cuando pronunciabas esa especie de sortilegio. -Sardinas al pie de la Torre - Mierda p'al que las pregone. ¡¡¡Tres veces!!! 

 Esto era un inciso. Lo que quería decir es que a mí me tocó un regalo el día que fuimos a la residencia de María Luisa y me vine a casa muy contenta del buen rato pasado y de llevar en brazos un enorme paquete, ligero para su tamaño, que parecía algo calentito. -Es una bata manta, --alguien me dijo. Y yo respondí:  No tengo ni idea de qué estás hablando ni tengo la más remota idea de a quién tengo que agradecer este premio/regalo. 

¡Gracias, Tere!
Cuando mi prima Carmen me explicó lo que era, me di cuenta de que justo unos días antes mi hermana Tere me había regalado algo parecido por Navidad, una chaqueta de estar en casa muy calentita, un maravilloso detalle por su parte, pero un poco intencionado. Creo que insinuaba que en mi casa hace mucho frío, ya que siempre me pide mi forro polar para estar con nosotros y me pareció que sería ella quien la iba a utilizar más.
 Yo, al fin y al cabo, vivo en esta casa y estoy curtida en el frío, tan curtida como lo estábamos todos los miembros de nuestra gran familia cuando vivíamos en el piso de la calle Manuel de Falla, un último piso que daba a tres calles, sin calefacción y sin aire acondicionado y nos calentábamos con braseros porque mi padre no se fiaba mucho de las estufas de butano. Él, que era químico, sabría qué extraños y tóxicos gases salían de la combustión del butano y solo las autorizaba en el salón porque era grande, pero nunca en los dormitorios.  Allí los inviernos no eran helados, eran gélidos. Como en mi casa, más o menos. Así que yo agradecí la chaqueta de Tere, aunque ella la usaba en sus visitas.

Me queda perfecta - dijo,
 y no se la quitó en todo el tiempo
Mi regalo para Sara
Cuando llegué a casa y abrí el regalo del amigo invisible y vi esta hermosa bata manta pensé que yo no la iba a usar, ya tenía algo parecido. Y se la guardé a Sara. Intuí que ella la iba a usar más que yo.
Al día siguiente Pedro y yo preparamos los regalos para los nietos y demás familia en el salón de casa, como hacían los Reyes Magos cuando éramos pequeños. Cada silla o trozo del sofá grande tenía un montoncito de regalos con el nombre y yo puse mi regalo para Sara en su rincón. Ellos llegaron a la hora de comer y apenas abrió el paquete,  Sara se enamoró de la bata-manta. Se la puso y no se la quitaba nada más que cuando Lucas era mas rápido que ella y se la ponía él. 
Sigo pensando que a ella le quedaba mejor

Y así pasó la Navidad.   Yo insistí en que Sara se llevase la bata con ella a Marsella, pero ya no había más sitio en el coche, y no hubo modo de que Sara y yo convenciéramos a Elvi, que prefería, sensatamente, unos litros de buen aceite o unos paquetes de jamón a incluir en su equipaje aquel enorme bulto..

Muy bien abrigaditos, todos y todas

Este año he sido yo quien ha descubierto los encantos de la bata-manta. Hasta ahora nunca la había utilizado, pero hace unos días lavé mi bata de estar en casa, Isa se había puesto la chaqueta de Tere y como me encontré la bata-manta por ahí, me la puse y aun no me la he quitado. Ahora siempre me la pongo cuando estoy en casa. Parezco un inmenso oso panda de color azul, un esquimal o una bata con patas, pero no me importa. He dejado los prejuicios estéticos aparcados hasta la primavera y como decía el refrán -Ande yo caliente y ríase la gente.
¡ La bata-manta me ha abducido!




 Si queréis, podéis también reíros vosotras, como yo me parto cuando me veo con esta pinta en el espejo. 



lunes, 12 de agosto de 2024

Verano de 1974

Subida en una nube

En el periódico EL PAÍS, durante este verano varios periodistas escriben en la última página una crónica de un verano de sus vidas. Puede ser algo feliz o algo no tan feliz. 
Yo también voy a contaros un verano de mi vida porque hace ahora 50 años de aquel verano de 1974.

¨Tenía tantas ganas de ser mayor de edad  que, cuando terminé mi contrato de trabajo en Butlins y pasé tres días en el Albergue Juvenil London Earls Court de Londres,  le dije a la chica de la recepción que tendría que cobrarme un poco más por mi última noche alojada allí porque había sido mi cumpleaños, cumplí los 21, y el precio barato para los menores ya no me lo debería aplicar. Se quedó de piedra, y no puso ninguna objeción y me cobró la diferencia.

El uniforme de kelly, lo que yo era
Es que yo en aquel viaje era tonta de solemnidad, tanto como mi compañera de aquel verano.  Dos bobas medio muertas de miedo que nos atrevimos a vivir la aventura de nuestra vida en una Inglaterra que desde aquí nos parecía el paraíso de los hippies, las drogas, el rock y las minifaldas y pensábamos que la gente joven hacía lo que le salía del alma, porque ellos eran libres, no como nosotros que vivíamos asustados en una sociedad reprimida, pacata y oscura en los últimos años de la dictadura de Franco. Pero sabíamos que solo unos años atrás la gran revolución joven de los años 60, el 'swinging London',  había llenado Londres de hippies porretas y músicos descarados y que aquí estábamos más parados que el tren en Bobadilla.

Maruja y yo nos fuimos a trabajar a Inglaterra con nuestra mezcla de ilusión y de miedo porque era la única forma de practicar y mejorar nuestro pobre inglés. Pero éramos tan ignorantes de casi todo que preparamos el viaje como el que se prepara para ir a Sodoma y Gomorra.  
Para nuestra generación encerrada en cuatro paredes y con un lúgubre futuro por delante, Londres era lo más nuevo, moderno, y exótico a lo que se
Un intenso verano
  podía aspirar, pero nosotras no íbamos detrás de ese sueño. Nosotras, con novio, chicas modositas a punto de terminar la carrera universitaria, solo íbamos a Inglaterra a hablar inglés. ¡Qué cosas pensábamos entonces!

 Como no teníamos mucho dinero y no creíamos que fuera una buen idea hacer un curso en una escuela internas o vivir con una familia, decidimos irnos a trabajar, nosotras que lo más que habíamos trabajado era dando clases particulares a hijos de vecinos o amigos de nuestros padres o la Navidad en que yo trabajé vendiendo bragas y pijamas en la tienda de mis tíos. 

Butliland - Bienvenidos al Paraíso
Así que nos liamos la manta a la cabeza, como hacía mucha gente entonces - de hecho mis amigos de la facultad se fueron de albañiles a una obra a Alemania - y nos fuimos de kellys, de limpiadoras de habitaciones. Pero no a un hotel normal, a un HOLIDAY CAMP.  El Butlin's Holiday Camp de Skegness en la costa este de Inglaterra.  

Nuestro 'campo de trabajo', no de vacaciones

En un aparte os diré que mis amigos en este 'campo de trabajo', estudiantes la mayoría como yo, decían que en aquel lugar había habido un campo de concentración de prisioneros alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Lo parecía. 

Nuestros 'barracones'

La zona donde estaban nuestros 'chalets' o pequeños alojamientos eran unos barracones largos y oscuros donde podrían haber estado los alemanes, pero a mi me parecían perfectos y eso que nuestro pequeño 'chalet' solo tenia dos habitaciones con una litera cada una, una cómoda para nuestra ropa, unas mesitas de noche y un cuarto de baño con retrete y lavabo, pero sin ¡ducha, ni baño!  - Teníamos que utilizar unos baños comunes para las mujeres.  

Pero enseguida me sentí allí como en mi casa. Lo tenía todo:  fotos en la pared, unos carteles, la música de Simon and Garfunkel y muchas risas. 

Allí pasamos dos intensos meses que os contaré despacio en otra ocasión. 

Hoy solo quiero hacer este post, o entrada, de recuerdo porque este verano se cumplen 50 años de aquella fantástica experiencia que parecía que iba a ser una terrible aventura y que acabó siendo para mi uno de los mejores veranos de mi vida.

Claro, que yo era entonces 50 años más joven."  (To be continued)

lunes, 3 de junio de 2024

Tiempo de recoger


El lavadero del patio grande
Mi ritual mañanero se parece al que hacia con mi abuela cuando pasábamos unos días con ella en la casa del pueblo. Después del desayuno,  le decía a cualquier pequeño/a que estuviera rondando cerca de ella mientras le daba una cestita, "Vamos a recoger los huevos al corral. "

Y nos íbamos felices con ella al patio grande de atrás que estaba lleno de rincones misteriosos y peligrosos: el lavadero con dos enormes pilas de cemento junto al cuarto de baño de la lavadora BRU que daba vuelta a la ropa hasta que la dejaba medio limpia, la cocinilla donde se hacía la matanza y donde los pequeños no podíamos entrar, y, al fondo del todo, el corral de las gallinas, justo debajo de una de las cámaras en donde se guardaban las pilas de grano en las que estaba terminantemente prohibido revolcarse - "Hay ratas", --nos decían. Yo no se si eso era cierto, lo que se es que el grano te producía unos picores tan grandes que tenias que meterte en la pila directamente para poder aliviarse 

Patio lleno de maleza - al fondo las puertas del gallinero

Cuando llegábamos a ese último rincón de patio y mi abuela abría la puerta, esa que se ve en la foto detrás de mi tía Isabela, las gallinas venían a saludarnos por si les traíamos su comida, el salvado mezclado con serrín y agua en un cubo de zinc. 

Pero eso era más tarde, ahora veníamos a recoger los huevos, no a darles de comer. Ellas picoteaban alrededor de mis pequeños pies buscando comida y a mi me daban un poco de miedo y mucho asco de pisar la porquería que había por todo el suelo.

 El corral olía muy mal y no me hacia ninguna gracia meter la mano en los ponederos, donde a veces aun había alguna gallina que otra a ver si habían dejado cada una su huevo correspondiente.

 Yo creo que era la abuela la única que metía la mano en el ponedero y levantaba la gallina. Entonces nos daba los huevos para que los pusieramos en la cesta. 

Estoy segura de que no hice muchas veces esta tarea porque éramos muchas criaturas para ayudarle, pero yo aun recuerdo el mal olor del estiércol que siempre asocié con las gallinas del corral de la abuela. Ese estiércol que varias veces al año, después de limpiar el corral, unos hombres se llevaban para abonar los campos en Begijar en un carro tirado por burros que entraba por el gran zaguán de la casa hasta el fondo del patio.

Parecen pollitos, ¿verdad?

En estos día primeros del verano recuerdo esta tarea en la que acompañaba a mi abuela,  aunque yo no tengo gallinas, porque tengo un limonero que rebosa de frutos y del que se caen los limones maduros constantemente

El calor o la más ligera brisa hacen que el suelo se cubra de amarillo durante la noche y por la mañana yo salgo con mi cestita y rebusco y recojo los limones de entre las plantas del suelo.
  
Hay días que tengo que recoger la cosecha dos o tres veces. Aparto las hojas de las margaritas, la mata de pimientos o los tomatitos cherry y allí escondidos están los limones, tantos que ya no se qué inventar para gastarlos.

Hoy el muchacho que vino a arreglar la depuradora me rechazó una bolsa de limones. - Mi suegra tiene un terreno y tampoco sabemos qué hacer con ellos, -me dijo. 

Yo creo que los voy a llevar al mercadillo y se los voya regalar a quien tenga el valor de llevárselos ¡¡GRATIS!! 

Se esconden entre la maleza
 Porque parece que este año el limonero no va a parar nunca de dar limones como a mi me parecía  que hacían las gallinas de la abuela. Ella cada día recogía los huevos, como yo los limones, y en su casa siempre había montañas de  huevos en la alacena que mis tías utilizaban para hacer flanes, bizcochos, dulces y comidas riquísimas.  
Las gallinas además eran la base del pequeño negocio de huevos de la abuela. Ella los vendía a las vecinas que llegaban con sus cesta de alambre a la hora de la siesta a comprar una o media docena y a echar un ratito de charla.
Yo solo se hacer zumo para limonada

 Mi abuela también tenía un gran limonero en el patio de atrás junto a una gran tinaja donde yo me escondía para que nadie me encontrara cuando jugábamos al escondite.  Yo siempre fui una niña tranquila.  
El pozo

Así que los limones me traen el recuerdo de su patio, sus gallinas y su pozo