Yo creo que ella lo sabía,
que había oído nuestras conversaciones previas a la Navidad y sabía cuál sería
mi regalo y debió decidir que ella no se iba a someter a la misma tortura a la
que llevo sometiendo a propios y extraños desde ese día en el que los Reyes Magos me
trajeron por fin mi anhelado regalo y ella decidió desaparecer. En realidad nos dejó la
víspera de Reyes, ni siquiera quiso ver los regalos.
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Nana, un pequeño cachorro recién llegado a la familia
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Aquella noche del día 5 de enero, cuando volvimos
de ver la cabalgata en Granada - entonces aun teníamos el valor de meternos en
aquel enjambre de niños y mayores -, no la encontrábamos por ningún sitio. La busqué
en el patio, en el sótano y en sus escondites habituales: debajo del sofá, detrás del retrete, en
la esquina de la cocina, debajo de la mesa del patio - ella no le temía al
frío-, pero no estaba por ninguna parte
de la casa. Entonces vi el agujero en la tela metálica que habíamos puesto
unos días atrás en la baranda del porche para evitar que entrara el gato. Ahora
la tela metálica estaba rota, no había entrado ningún gato, pero allí ya no
estaba Nana.
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La traca final era lo peor para Nana
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En nuestro pueblo también había habido
cabalgata y aquí siempre la acompañan con un gran castillo de fuegos artificiales y
petardos en el parque que hay cerca de casa.
Este estruendo habitual en fiestas de cualquier tipo aterrorizaba a Nana que solía esconderse en el rincón
más interior de la casa.
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La Cabalgata
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En anteriores ocasiones, cuando
la fiesta del ruido había terminado, yo
la sacaba con las orejas gachas de su más recóndito escondite: el pequeño aseo
de la planta baja, la única habitación sin ventanas a la calle, y a la pobre perra se le salía el corazón por
la boca de lo fuerte que le estaba latiendo.
Se moría de miedo con los
petardos, no podía controlar sus nervios y hoy, víspera de Reyes, se había
escapado porque estaba sola y no había nadie en casa para consolarla.
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Nunca se metió en la piscina
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La buscamos por todo el
barrio, incluso con el coche fuimos a las calles más oscuras. La gente ya se volvía
a casa después de la fiesta y solo quedaba el olor de la pólvora y el asfalto
lleno de confetis, serpentinas y caramelos machacados por las ruedas de las carrozas y los
coches. Pero Nana no apareció. No volvió ni esa noche ni a los días siguientes.
Nos dejó un buen día como también había llegado a nuestra casa un buen día. |
1997 - Con Clarita
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Eso había sido casi ocho
años atrás. La trajo Antonio en una cajita; era un pequeño cachorro de cocker spaniel negra y peluda, blandita como un pequeño Platero, que lloraba por la noche como un bebé abandonado porque ya
no estaba con sus hermanos ni con su madre.
Poco a poco se fue
acostumbrado a estar con nosotros y, como siempre pasa, nuestra perra Nana
se convirtió en un miembro más de la familia y en muchas ocasiones ella condicionó nuestros viajes, fiestas, fines de semana y vacaciones. Pero supo hacerse un
sitio en el sofá, en su caseta del patio, en el borde de la piscina y en
nuestros corazones.
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1993 Con Pedro
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La vigilante de la piscina
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Este maldito año del COVID he recordado muchos días a Nana porque
sé que hubiera sido muy feliz sin los cohetes de la feria de verano, de los carnavales
o de las Navidades. Sé que le hubiera gustado estar con nosotros en casa
durante las larguísimas semanas de confinamiento cuando la hubiéremos obligado a servirnos de excusa para salir
a la calle varias veces al día. Ella, que se volvía loca de alegría cuando me oía
abrir el cajón de la cómoda donde guardaba su correa de paseo. Daba tales saltos que no había manera de ponérsela. Ella lo habría pasado en grande tumbada en
el sofá, compartiendo la tele con nosotros y mirándonos con ojos extrañados.
Este año hubiera sido su año.
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Con Ara y Joan - Vigilando
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Hoy la recuerdo porque el próximo
día 5 de enero hace exactamente veinte
años que nos dejó. No como dicen los ingleses porque muriera, sino porque nos abandonó.
¿Se fue a vivir con otra familia? ¿La robó alguien de nuestra calle que ya le había echado el ojo? Nunca lo
supimos.
Yo la lloré un poquito, pero se me pasó la pena pronto porque Nana era también una responsabilidad,
un trabajo diario y la seguridad de que no podíamos hacer ningún
plan de viaje sin contar con ella, cómo cuidarla, a quién dejársela, cómo estaría
sin nosotros. Era una atadura de la que nos libramos sin pretenderlo, pero sin
añorarla demasiado .
Por lo menos se libró de no
aparecer como motivo principal de mis fotos caseras en la colección de
Instagram de cachorros y otras hierbas, porque justo ese año los Reyes Magos me trajeron mi primera cámara
digital, mi pequeña CANON IXUS, que aún era muy primitiva y que hacía las fotos con tan
poca resolución que mas que fotos parecían ilustraciones de un catalogo de
punto de cruz porque se le notaban los pixeles a las imágenes. Pero yo ya, sin preocupaciones sobre carretes
y revelados, empecé a disparar como loca a todo lo que tenía alrededor - y a
tod@s l@s que me dejan - y desde entonces aun no he parado.Aqui teneís una de mis primeras fotos de entonces:
Y esta es su historia, la historia de nuestra perra Nana que salió corriendo
de nuestras vidas antes de que yo le pudiera apuntar con mi cámara de fotos.
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Mirad qué feliz con mi IXUS
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Con mi nueva cámara digital, que me hacía tan feliz, no le hice ni una
sola fotografía. Las fotos de Nana que ilustran esta historia son de otra época, de cuando éramos analógicos y mucho más jóvenes. Tanto casi como en esta foto de mi infancia que me he encontrado en el álbum familiar.
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--Tu, ¿de quien eres?-- nos preguntábamos las dos
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