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miércoles, 7 de enero de 2026

Figurín

 Ayer Ana, mi amiga la costurera, me llamó para decirme que había muerto Andrés, el Moreno.  Me sorprendió su muerte repentina - Se lo encontraron muerto en su cama ayer, -me dijo. Pero no me sorprendió su muerte. A ver. Andrés jugaba con la vida cada día. 

Por lo que yo sabía su vida era una carrera hacia este fin. No comía nada absolutamente. Se alimentaba de cerveza y de cigarrillos. Siempre con un botellín en la mano en todos los bares donde yo me lo encontraba en mis paseos por este pueblo.

Copas y mascarillas

Cuando coincidía en la terraza o en la barra de un bar con él, yo me fijaba en que nunca comía las tapas. De hecho, ya el camarero no se las ponía. Solo durante el periodo de tiempo que lo vi ir de copas y bares con su mujer y las chiquillas, que yo pensaba que eran sus hijas, sí les veía algo de comida en los platillos de las tapas, pero esa etapa ya había terminado. Últimamente siempre estaba solo, como cuando le conocimos

Pero Andrés, que no comía, reía siempre, bueno, sonreía taimadamente como quien sabe de la vida más que tú y que yo. 

¿Por qué nos cogió cariño a Pedro y a mí y nosotros se lo cogimos a él?

Empezamos por saludarlo cuando coincidíamos con él en Las Peñas, aún en pandemia, cuando todos entrabamos recelosos en los bares y guardábamos las distancias. Nosotros aún nos poníamos las mascarillas para salir de casa; no recuerdo haber visto a Andrés con una mascarilla nunca. Era como si la ley no se hubiera escrito para él, esa ley y algunas otras.

Él se sentaba en un taburete junto al fuego y se fumaba un cigarrillo tras otro porque sabía que ninguno de los allí presentes íbamos a llamarle la atención por fumar. Nadie le decía nada. Nadie, a pesar de que conocía a todo cristo que entraba por allí.

En esa esquina junto al fuego hacía sus negocios, como si fuera miembro de una vieja tribu de tratantes de ganado, y debían de ser negocios importantes. Dicen las malas lenguas que controlaba al pueblo; es decir los negocios ocultos del pueblo y los colegas que venían a consultarle o saludarle eran unos tíos grandes con pintas de matones a los que yo nunca llamaría la atención por fumar ni por nada. A mi me intimidaban.

Junto al fuego

Pero con él era diferente. Siempre tuvo un trato y una palabra amable con Pedro y conmigo. 

Este pasado verano, cuando me veía sola por la calle, él y su mujer me invitaban a sentarme un rato y tomar una cerveza con ellos. Nunca acepté esa invitación y ahora me arrepiento. Yo no quería molestar a nadie con mi pena, pero ellos sí querían ayudarme y acompañarme de verdad.

Y es que Andrés era como un figurín, un figura más bien. Alto, delgado, flaquísimo, de piel muy oscura y pelo corto muy moreno. Tenía la cara totalmente tatuada con los símbolos de una vida difícil. 

Apareció de repente en el pueblo y en nuestras vidas y la gente de nuestro alrededor parecían conocerlo desde siempre y lo saludaban como a aquel que ha vuelto de un larguísimo viaje.

Parece que si, que había pasado un tiempo en otro país, aquel en donde se dejó a un hermano con una grave acusación sobre sus hombros. El resto de sus hermanos también viajaron hace ya muchos años a otro país lejano, tan lejos que ya nunca volverán por aquí

Ayer nos dejó. Echaré de menos su sonrisa y sus palabras amables conmigo.

Descanse en Paz

NOTA .- Si alguien conoce a Andrés y no desea que este texto esté publicado, por favor diganmelo. Lo quitaré inmediatamente. 

lunes, 3 de junio de 2024

Tiempo de recoger


El lavadero del patio grande
Mi ritual mañanero se parece al que hacia con mi abuela cuando pasábamos unos días con ella en la casa del pueblo. Después del desayuno,  le decía a cualquier pequeño/a que estuviera rondando cerca de ella mientras le daba una cestita, "Vamos a recoger los huevos al corral. "

Y nos íbamos felices con ella al patio grande de atrás que estaba lleno de rincones misteriosos y peligrosos: el lavadero con dos enormes pilas de cemento junto al cuarto de baño de la lavadora BRU que daba vuelta a la ropa hasta que la dejaba medio limpia, la cocinilla donde se hacía la matanza y donde los pequeños no podíamos entrar, y, al fondo del todo, el corral de las gallinas, justo debajo de una de las cámaras en donde se guardaban las pilas de grano en las que estaba terminantemente prohibido revolcarse - "Hay ratas", --nos decían. Yo no se si eso era cierto, lo que se es que el grano te producía unos picores tan grandes que tenias que meterte en la pila directamente para poder aliviarse 

Patio lleno de maleza - al fondo las puertas del gallinero

Cuando llegábamos a ese último rincón de patio y mi abuela abría la puerta, esa que se ve en la foto detrás de mi tía Isabela, las gallinas venían a saludarnos por si les traíamos su comida, el salvado mezclado con serrín y agua en un cubo de zinc. 

Pero eso era más tarde, ahora veníamos a recoger los huevos, no a darles de comer. Ellas picoteaban alrededor de mis pequeños pies buscando comida y a mi me daban un poco de miedo y mucho asco de pisar la porquería que había por todo el suelo.

 El corral olía muy mal y no me hacia ninguna gracia meter la mano en los ponederos, donde a veces aun había alguna gallina que otra a ver si habían dejado cada una su huevo correspondiente.

 Yo creo que era la abuela la única que metía la mano en el ponedero y levantaba la gallina. Entonces nos daba los huevos para que los pusieramos en la cesta. 

Estoy segura de que no hice muchas veces esta tarea porque éramos muchas criaturas para ayudarle, pero yo aun recuerdo el mal olor del estiércol que siempre asocié con las gallinas del corral de la abuela. Ese estiércol que varias veces al año, después de limpiar el corral, unos hombres se llevaban para abonar los campos en Begijar en un carro tirado por burros que entraba por el gran zaguán de la casa hasta el fondo del patio.

Parecen pollitos, ¿verdad?

En estos día primeros del verano recuerdo esta tarea en la que acompañaba a mi abuela,  aunque yo no tengo gallinas, porque tengo un limonero que rebosa de frutos y del que se caen los limones maduros constantemente

El calor o la más ligera brisa hacen que el suelo se cubra de amarillo durante la noche y por la mañana yo salgo con mi cestita y rebusco y recojo los limones de entre las plantas del suelo.
  
Hay días que tengo que recoger la cosecha dos o tres veces. Aparto las hojas de las margaritas, la mata de pimientos o los tomatitos cherry y allí escondidos están los limones, tantos que ya no se qué inventar para gastarlos.

Hoy el muchacho que vino a arreglar la depuradora me rechazó una bolsa de limones. - Mi suegra tiene un terreno y tampoco sabemos qué hacer con ellos, -me dijo. 

Yo creo que los voy a llevar al mercadillo y se los voya regalar a quien tenga el valor de llevárselos ¡¡GRATIS!! 

Se esconden entre la maleza
 Porque parece que este año el limonero no va a parar nunca de dar limones como a mi me parecía  que hacían las gallinas de la abuela. Ella cada día recogía los huevos, como yo los limones, y en su casa siempre había montañas de  huevos en la alacena que mis tías utilizaban para hacer flanes, bizcochos, dulces y comidas riquísimas.  
Las gallinas además eran la base del pequeño negocio de huevos de la abuela. Ella los vendía a las vecinas que llegaban con sus cesta de alambre a la hora de la siesta a comprar una o media docena y a echar un ratito de charla.
Yo solo se hacer zumo para limonada

 Mi abuela también tenía un gran limonero en el patio de atrás junto a una gran tinaja donde yo me escondía para que nadie me encontrara cuando jugábamos al escondite.  Yo siempre fui una niña tranquila.  
El pozo

Así que los limones me traen el recuerdo de su patio, sus gallinas y su pozo

viernes, 24 de septiembre de 2021

Mi paisano, Antonio Muñoz Molina

 Tan redonda como una calabaza
y viene conmigo a la plaza. ¿Qué es?
La LUNA, la luna llena está en el cielo a veces hasta las 10 de la mañana. Por eso, si hago las tareas temprano, la luna a veces viene conmigo a la plaza.
Solo que si no eres de nuestra tierra no entenderás a qué va alguien a la plaza a esa hora del día. Es que en mi pueblo la plaza es como se le llamaba entonces al mercado, y las señoras - o las muchachas de servir- no hacían la compra en el mercado. Entonces ellas iban a la plaza a comprar, así sin complemento directo ni nada, y mejor temprano que tarde. 
Hablando de compras, también recuerdo que mi padre contaba cómo le prometió al abuelo antes de casarse que su sueldo de profesor era suficiente para que mi madre no tuviera que llevar las bolsas de la compra cuando volviera de la plaza, que podría pagarle una muchacha para ayudarle en la casa y para que fuera con ella a la plaza.
Y eso que yo no tengo ni la memoria de mi hermano mayor, ni mucho menos la de un escritor favorito, que recuerda el mundo de su pueblo, su familia y su infancia como si lo hubiera vivido ayer.
Yo no, yo a veces le digo a Rafa, al hermano, que esas cosas que él cuenta pasaron en un país en el que yo no recuerdo haber estado. Ya sabéis lo que dicen, que la infancia no es solo otro tiempo, es otro lugar, otro país. Por ese país yo pasé de largo. 
Refrescando las bebidas en el barreño

Pero este autor, Antonio Muñoz Molina, en su último libro - Volver a dónde -  además de dejarnos leer su Diario de la Pandemia, nos habla de su pueblo y de detalles de su vida de pequeño tan familiares para mi que me da escalofríos leer, porque si yo supiera hacerlo tan bien como él, yo también contaría esos pocos recuerdos lejanos que aun conservo.  
Como no tengo tantos como él, me gusta leer lo que él escribe porque me ayuda con mi mala memoria. Cuando leo sus recuerdos digo, - Es verdad, la fiesta del santo del abuelo Pablo era así, como la de su abuela Leonor: mucha gente, tableros convertidos en mesas, bebidas refrescándose en los barreños; o digo  - Es verdad, la matanza en la cocinilla de la casa de los abuelos era como él la describe, solo que a las niñas pequeñas nos tenían muy alejadas de matarifes, cuchillos, sangre, máquinas de embutir y sobre todo de las grandes lumbres que se hacían esos días. Esa es otra, la palabra lumbre. Nosotros también decíamos eso, no decíamos fuego.  

Aceitunas de cornezuelo

- Ah, es verdad, las aceitunas de cornezuelo se partían - las partía mi tía Isa, con un mazo de madera sentada en un taburete en el patio y luego las ponía en agua con sal, romero, tomillo y otras hierbas y las dejaba en una orza donde no se podía meter la mano porque se ponían blandas. Así como las aliñaba el tío Juan Cachorro en el libro. 

Y es que somos un poco paisanos. Nuestros pueblos están a solo unos kilómetros de distancia y somos casi de la misma edad. Compartimos tradiciones locales, canciones, cuentos, dichos, palabras, sabores, paisajes...

He leído las paginas de este libro asintiendo muchas veces como si estuviera escuchando al autor dar una conferencia. Yo soy la alumna que dice sí con la cabeza como si el autor fuera ese profesor que espera que al menos alguno de sus estudiantes de la primera fila en la clase comprenda lo que está explicando. Yo le digo que siga, que puede pasar al punto siguiente, que yo le he entendido. 

Ahora le quiero dar las gracias y quiero decirle que espero su siguiente libro para leerlo y disfrutarlo tanto como este.


sábado, 15 de febrero de 2020

Nigüelas

Nigüelas, al fondo, a la izquierda
Blancos campos



Es fácil llegar a Nigüelas. Cuando vayáis por la carretera de la costa, antes de empezar el descenso  hacia el Valle de Lecrín, veréis un pequeño pueblo encajonado en el pie de las montañas. al fondo a la izquierda. Ese es.

En  estos días de febrero  podréis disfrutar  de los  campos blancos que rodean el pueblo, no son blancos de la nieve de Sierra Nevada que este año queda un poco alejada, sino por los miles de almendros en flor que lo rodean.  
Blancas paredes
Casa Zayas
 Además de la blancura de las flores del almendro, veréis que es un pueblo blanco y limpio, con calles  arregladas, y casas encaladas. 
Entrada Casa Zayas

Jardín de la Casa Zayas

Interior Casa Zayas



Detalle del interior

Si vais en un día entre semana estaréis tranquilos y podréis entrar y disfrutar del palacete Casa Zayas, hoy sede del Ayuntamiento. Los fines de semana el pueblo se llena de gente. De hecho muchos bares, de los pocos que hay, solo abren de viernes a domingo, pero merecerá la pena ir en esos días  porque podréis visitar el jardín romántico de la Casa Zayas y quizás ver el interior de la iglesia.

Dulces almendros

Fuente con macetas
Una señora en la puerta de su casa, un precioso edificio muy arreglado, nos contó que los habitantes de  Nigüelas están orgullosos de que su pueblo surta de agua a todos los pueblos de su alrededor y lo demuestran poniendo fuentes en todos las placetas y calles del pueblo y cuidando sus  preciosos y escondidos jardines.

Fuente en la Plaza de la Iglesia

Pilar en el Jardín, yo no

Reflejos
NIGÜELAS - AÑO1947 - Plaza de la Iglesia
Hay muchas más cosas que hacer y visitar en Nigüelas: Seguir la acequia, ir  a  la falla de Nigüelas, visitar la fábrica de aceite...  Nosotros las dejamos para la próxima visita. Ya os contaré

domingo, 10 de febrero de 2019

El Cojo


MI abuelo
 El cojo aquel me tenía entre ceja y ceja y me echaba miradas asesinas cada vez que me cruzaba con él por la calle.
            Si le hubiera hecho alguna trastada, lo habría entendido, pero yo siempre me había mostrado prudente y en segundo plano detrás de la pandilla de mis amigos. Sin embargo él la había tomado conmigo y apenas me tenía a su alcance, empezaba a amenazar con el dedo:
            - A tu abuelo se lo voy a decir. Le voy a contar las putadas que me hacéis.
            Yo no conseguía entender a qué se refería, pero era suficiente que lo viera doblar la esquina de la calle para salir corriendo a refugiarme en las faldas de mi madre.
-El cojo ha dicho que me va a matar.
Ella, que se creía muy pocas cosas, no se creía ni que el cojo hubiera dicho eso, ni que yo estuviera realmente tan asustado. Así que me oía, me secaba los mocos y las lagrimas y me acunaba un rato. Cuando me había quitado ya el flequillo pegotoso de la frente y tenía la cara medio limpia, me echaba otra vez con los amigos o me mandaba con el abuelo:
- Vete con mi padre y le acompañas un rato, anda.
Yo no sabía qué era peor aún, si el abuelo o el cojo. Además, los dos eran amigos y a veces me los había encontrado juntos, charlando y liando un cigarrillo en la puerta de la casa.
Aquella vez el abuelo estaba solo. Solía sentarse a la caída de la tarde en una sillita pequeña en la puerta de la calle y arreglaba sillas de enea que le traían los vecinos. Escuchaba la radio continuamente, o por lo menos el transistor estaba siempre encendido. Cuando las pilas se acababan me mandaba al quiosco a por unas nuevas y me daba unas monedas para mí, que yo gastaba siempre en un lazo de regaliz rojo y un paquete de pipas y volvía con mi encargo a comerme las chucherías junto a mi abuelo, que no me hacía ningún caso, pero tampoco me regañaba.
Si la abuela salía de la casa a echar unos cubos de agua en la acera para refrescarla y sorprendía al abuelo fumando le armaba un griterío que se oía en medio pueblo. El abuelo había estado dos meses en el hospital aquel invierno con una pulmonía que casi se lo lleva a otro mundo y el médico había dicho que el tabaco ni de lejos, vamos que no podía ni acercarse al casino del pueblo para echarse su partida porque todo el mundo allí fumaba como chimeneas y  el doctor dijo:
- Ni olerlo, ni respirar el tabaco de los demás, ¿eh, Tomás?
Era el único del pueblo que le llamaba así. Los demás le decían ‘el culero’. Supongo que era porque le echaba los culos a las sillas. Pero no lo sé seguro, porque no toda su vida se había dedicado a eso. En realidad, mi madre decía que se le decían porque había sido siempre ‘culo de mal asiento’, y como eso lo sabían todos, desde su mujer y sus hijos hasta los viajantes que venían de paso y se alojaban en la Pensión Cervantes, camino de la capital, pues se quedó con el nombre.
Era paradójico que con esa inquietud permanente y esa incapacidad de estar sentado en cualquier reunión, a los años de su vejez le hubiera dado por arreglar sillas.  Nunca había sido mañoso para hacer las chapuzas de la casa y muchas veces vi a mi abuela o a mi madre perseguirlo para que arreglara un grifo o la hornilla o desatascara el cauchil del patio. Lo hacía,  pero protestaba más que un gato cuando le pisas la cola.
Un día, cuando se aburrió de escuchar la radio en el patio de atrás de la casa después de dormir un rato de siesta, se dio cuenta de que todas las sillas viejas de madera que usaban normalmente en la cocina y en el patio tenían el asiento casi totalmente perdido. Les salían flecos de cuerda a algunas y de juncos viejos y secos a otras. Lo pensó un rato, las miró. Cogió una que estaba casi entera y observó la trama. Dijo:
- Esto sé yo hacerlo.
Y lo hizo. Escribió en un cartón un anuncio y lo puso en la esquina de la calle, apoyado en la reja de la ventana de la primera casa:
“SE HECHAN CULOS DE ANEA.
SE ARREGLAN SILLAS.”
El cartel estuvo siempre ahí. Todo el mundo me preguntaba a qué venía ese nuevo oficio de mi abuelo. Y yo no sabía que decir, pero sabía que cada día cuando salía de la escuela me pasaba a verle un rato y me sentaba en la otra sillita que siempre tenía preparada junto a él para sus amigos y para mis visitas. Nunca para mi abuela, que seguía dentro de la casa trasteando o iba y venía a la novena de la parroquia. 
Sus manos
Trabajaba con sus manos
Un día me armé de valor y se lo lancé de un tirón:
-  La maestra dice que tu cartel está mal escrito. Echar se escribe sin hache.
-  Tu maestra no tiene ni idea. Se escribe con hache, como hacer.
-  Es que no es lo mismo echar que hacer, le repiqué como el empollón de la clase que era.
- ¿Cómo que no? A ver. Yo, ¿qué hago con las sillas?
-  Pues les echas el culo.
-  Eso, les hago el culo nuevo.  Por eso lo pongo con hache y lo pongo porque me da la gana y no tengo que darte explicaciones ni a ti, ni a tu maestra. Ahora, vas y se lo dices.
¡En eso estaba pensando yo! En ir a la maestra a decirle que mi clase de gramática  no había servido de nada. Para que se diera más cuenta aún de mi poco carácter. Ella me conocía de sobra y más de una vez me había defendido de los mayores de la escuela que me tiraban de las orejas en invierno, cuando sabían que las tenía rojas de sabañones. Me llamaban ‘el Soplillo’ porque mi madre me pelaba tanto que las orejas me sobresalían en mitad de la cabeza como las asas de un cántaro.
Pero mi maestra no se enfadaría conmigo. No era la primera vez que yo le comentaba cosas de mi abuelo, ni era la única en el pueblo que al oír su apodo o su nombre, torcía la cabeza y se sonreía, y parecía que se le alegraba la mañana.
Para mi aquello fue un misterio durante mucho tiempo. Incluso el párroco, que nos preparaba en la catequesis para la comunión, se rió del mismo modo que la maestra, cuando mi madre me llevó el primer sábado y le dijo quién era yo.
-  Así que tu eres el nieto de Tomás…. ¿Te pareces a él?
Mi madre negó con la cabeza:
-  Mas bien lo contrario. Ha salido a su padre.
Cuando ella se marchó, abrió una libreta donde apuntaba los nombres de todos los chavales y sus direcciones.
-  Así que el nieto de Tomás, ¿eh?
 Y se reía, bueno se reía bajito. Mas bien se le ponía una gran sonrisa en la boca, que yo nunca le veía ni en misa, ni cuando había gente mayor delante.
-  Si, si..., decía yo. Y volvía a aquel misterio que rodeaba a mi abuelo.
Incluso el Manolo, el que vendía las chucherías, los cromos, las pilas y los petardos en el quiosco de enfrente de la Iglesia, y del que todo el mundo decía que era tontico, se reía así cuando yo le traía algún mensaje:
-  Que dice mi abuelo que me das las pilas pasadas, que cada vez le duran menos.
Y Manolo, que a mí ni me dirigía la palabra, se me quedaba mirando, me sonreía y decía:
-  Tu abuelo es..... mas chulo que un ocho, pero a mi no me asusta. Anda, díselo. De mi parte.
Manolo sabía que yo nunca le diría eso. Todo el mundo sabía que yo no le diría ni ‘buenos días’ por no molestar. Así que, menos aún, preguntarle por qué la gente sonreía al oír su nombre.
Yo pensaba que debía de haber hecho algo muy valiente o muy importante en algún momento de su vida, pero no tenía ni la más remota idea de qué podía ser. Algo relacionado con la guerra, era lo único que mi madre había dicho. Y yo lo asocié con haber matado a algún enemigo o defendido a alguien de la familia o escaparse de la cárcel o del pelotón de fusilamiento. Pero, no había manera. La guerra, aunque ya habían pasado veinticinco años, era un tema prohibido. Nadie hablaba de aquello.
Y así iban pasando mis días.
Pero tuve suerte. Aquel verano en agosto, como todos los años desde que habían emigrado a Barcelona, volvieron mis primos y tíos para  pasar las vacaciones con la familia y dar una vuelta a la casa que aún mantuvieron en el pueblo hasta que murieron mis abuelos y los hijos se casaron. Mis primos eran de mi edad y yo los había echado mucho de menos, desde que se habían marchado, tres años antes.  Siempre habíamos jugado juntos, nuestras casas estaban en la misma calle y pasábamos los días sin separarnos  a veces ni para comer y cuando emigraron a la  ciudad,  me quedé, de la noche a la mañana, sin compañeros ni amigos, buscándolos por las placetas, los patios y todos los rincones de mi pueblo. Por ellos había aprendido a escribir y les mandaba mis cartas,  mas llenas de dibujos y borrones de tinta que de letras. No sabía cómo decirles que les echaba de menos, porque uno no sabe esas palabras cuando es niño. Solo sabía que tenía que contarles cómo seguía la vida en nuestro pueblo y como tenía aun muy pocas palabras escritas, les hacía dibujos, que se me daban mejor.
Juego de bolas para alegrar el lluvioso día
Mi tesoro
Mis tíos me trajeron unos regalos que me parecieron los más maravillosos tesoros del mundo: un diávolo, un yo-yo de plástico de mil colores y una bolsa de tela azul llena de bolas de cristal, con las que jugamos en la placeta  todas las tardes de aquel verano.
Mi tía se acercaba a vernos jugar un rato y nos llevaba la merienda, pan con chocolate o un bollo con aceite y azúcar.  Mientras devorábamos nuestra comida, yo charlaba con ella y le contaba cosas del pueblo, de las vecinas, la escuela; los cotilleos que a ella le interesaban.  Algunas  veces me preguntaba por mi madre, su hermana, y por los abuelos.  Yo le contaba cómo había ido la matanza, o la aceituna o hablábamos de la salud de mi abuela, o le contaba algún encontronazo mío con el abuelo.
¡Buenos días!  - Hora de desayunar
Pan con aceite para merendar
Ella también se reía como los demás. Un día ya me lancé a preguntárselo:
-       ¿Por qué todos os reís así cuando se menciona al abuelo?
-       Por cariño.  Dijo sonriendo plácidamente. Porque lo queremos con toda nuestra alma.
-       ¿Todos? No podía creerlo, con ese carácter.
-       Todos. Insistió ella.
-       ¿Por qué?
-       ¿No sabes lo que hizo en la guerra? ¿Nadie te lo ha contado?
-       No. ¿El qué?
-       Tú sabes lo que pasó aquí en la guerra. Espero. Primero vinieron los rojos. Luego vinieron los otros, y en medio murió mucha gente, entre ellos los padres de tu padre, por ejemplo. Eso lo sabías ¿no? Hubo muchas peleas y mucho odio. Los rojos se la tenían jurada a unos cuantos. Durante los años anteriores a la guerra, cuando había tanta hambre y tantas huelgas y tanta revolución en toda esta zona, los rojos, bueno, por aquí eran los anarquistas, juraron que cuando hubiera una revolución y ellos ganaran, colgarían de las farolas al alcalde, al cura, al señorito, al médico y al ...
-       ¿Y al maestro?
-       No, al maestro, no. Ese era el que les escuchaba decir esas barbaridades  en la escuela de adultos cuando les enseñaba a leer y a escribir. El mismo se lo preguntaba, ‘¿a  mi también me vais a colgar?’ Y ellos le decían, ‘No a usted no, señor maestro. Usted tiene la misma hambre que nosotros y tiene que seguir enseñándonos en la escuela.’  Así que en los primeros meses de la guerra, cuando ellos ya habían ganado, mataron al alcalde, al cura,  al señorito y al médico, pero dejaron que el maestro se fuera sin ponerle una mano encima. Mataron a otros  mas, porque eran terratenientes, porque, decían ellos, habían sido malos patronos, porque eran fascistas o por que quisieron. Y fueron a por tu abuelo.
-       ¿Por qué? Mi abuelo no es rico, no tiene olivos, no tiene casi nada.
-       Querían matarlo porque él les decía que así no solucionarían nada. Que estaban quitando a unos para ponerse ellos. Que eran unos incultos, que estaban acabando con la poca riqueza del pueblo, que se habían quedado con las fincas para ellos, que los pobres seguían siendo pobres... y muchas cosas más. Porque tu abuelo nunca se callaba, no callaba ni debajo de agua. Ni para bien ni para mal, nunca se anduvo por las ramas y nunca tuvo miedo de decir lo que pensaba donde hiciera falta. Eso no lo podían consentir y fueron a sacarlo de su casa para fusilarlo por traidor al pueblo.
-       Pero no lo fusilaron. ¿Por qué?
-       Esta claro que sigue bien vivo.  Ya lo has visto.  No lo mataron porque los echó de su casa., A voces. Les gritaba como un endemoniado que no tenían cojones para matarlo. Sacó la escopeta y los persiguió por la calle abajo tirándoles perdigonazos que a más de uno les debió poner el culo como un colador.
--¡Ah!, dije yo. ¡Ya está! ¡Por eso le llaman culero!
-       No he terminado la historia todavía.  Aquellos le dejaron en paz y tuvieron que aguantar que el Tomás, al que ya, como tu dices, empezaba la gente a llamar el culero, fuera su conciencia y bramara contra ellos cuando la ocasión lo requería.  Pero lo sorprendente vino después.
-       Venga tía. Sigue, que me están esperando para hacer unos hoyos en la plaza.
-       Te esperas. Esta historia la termino de una vez, porque no voy a repetírtela nunca más. Y esta parte la sabe muy poca gente. De aquello, de lo de la escopeta y los perdigones, se enteró todo el pueblo. Pero muy pocos saben que en otra ocasión, dos años mas tarde, otros hombres llegaron por la noche a sacarlo de su casa para fusilarlo.
-       ¿Quiénes eran? ¿Los mismos?
-       No, los de la primera vez estaban en la cárcel y quizá hubieran sido sus compañeros en el paredón si llegan a fusilar a tu abuelo. Esta vez eran los otros, los que ganaron la guerra, los que entraron asolándolo todo, fusilando a la gente, mandándola a la cárcel. Vengaban a sus muertos y sus humillaciones por haber tenido que ser pobres, cuando habían sido los ricos de siempre. En los pueblos esas cosas se viven con más intensidad y por tanto con mucho rencor.  El odio que se había ido acumulando en los años de la guerra estalló con una fuerza tan grande que se llevó muchas vidas por delante. A por tu abuelo iban porque se había librado antes, y si se había librado sería porque algún favor les habría hecho y de ser así no se lo podrían perdonar. Tenían que matarlo. Pero él no se echó para atrás  tampoco esta vez y aunque no sé que pasó, sé que lo que les dijo aquel día los asustó. Nunca más volvieron a molestarlo.
Yo no entendía casi nada de lo que la tía me decía, y menos aún cuando volvía a sonreír por bajito mientras me contaba esa historia. Me dejó volver con mis primos y me dio unas perras:
-    Cómprate unos caramelos, vete a jugar. Anda.
Y me fui con los demás a jugar a las canicas dándole mas vueltas a la cabeza que los trompos de madera con los que también entreteníamos las tardes de verano. Quizá por eso el cojo me la tenía jurada y amenazaba con matarme. A lo mejor me tenía envidia:  mi abuelo era un héroe y yo era el nieto de ese héroe. Y nadie me lo había dicho y no entendía que algo tan importante fuera a la vez tan secreto. 
Hubiera querido decírselo a mis compañeros de la escuela, a mis primos de Barcelona, pero las palabras de la tía me indicaban de alguna manera que no debía hacerlo. Así que yo también al pensar en mi abuelo empecé a sonreír para mí como hacían los demás: mi maestra, el párroco, mi tía. Ahora yo ya tenía algo en común con ellos y eso hizo que me sintiera mejor  y lo curioso es que también me sentía mayor, como si hubiera crecido de repente, y eso que yo no quería dejar de ser niño nunca y menos en verano.
 FIN
Escribí este cuento mientras paseaba en bicicleta por los caminos de la Vega de Granada, Mejor dicho, lo pensé durante esos largos paseos que me enseñaron los campos cercanos y  a ser paciente. En un pueblo había un cartel que indicaba dónde se podían arreglar sillas de anea. Era el cartel que aparece en el cuento. De ahí surgió mi inspiración.  De eso hace ya muchos años. Ahora lo he vuelto a encontrar. Aquí os lo dejo. Me gusta y me da pena que se quede en un cajón; bueno, en el fondo del disco duro de mi ordenador.