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Así vamos, rodando cuesta abajo
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No puedo expresar mis ideas, mi indignación, mi cabreo y mi impotencia sobre lo
que nos está pasando en este puñetero país mejor que lo hizo Antonio Muñoz Molina en su artículo del domingo 27 de septiembre en el PAÍS.
Así que aquí dejo el articulo.
La
política española es tan destructiva como el virus. Contra éste llegará
una vacuna, pero contra el veneno español no parece que haya remedio.
Si no hacemos algo, esta gente va a hundirnos a todos.
A cada momento la política española se va volviendo más
tóxica que el virus de la pandemia. Día tras día, desde principios de
este septiembre desolador, las noticias sobre el aumento de los
contagios y las muertes las hemos visto agravadas por el espectáculo
cochambroso de la discordia política, de la ineficacia aliada al
sectarismo, de la irresponsabilidad frívola que poco a poco va mutando
en negligencia criminal. La política española es tan destructiva como el
virus. Contra el virus llegará una vacuna, e irán mejorando los
tratamientos paliativos; contra el veneno español de la baja política no
parece que haya remedio. Los científicos nos dicen que nuestro país
tiene vulnerabilidades mayores que otros. Los epidemiólogos comparan
cifras que nos sitúan a la cabeza de Europa en enfermos, en muertos, en
sanitarios contagiados. Las instituciones económicas internacionales nos
alertan de una recesión más grave que la de ningún otro país de la
Unión Europea. Nuestra economía no había caído tanto desde la Guerra
Civil. Una generación entera tiene en suspenso su porvenir porque no se
sabe si podrán seguir abiertas las escuelas. Pero la clase política
española, los partidos, los medios que airean sus peleas y sus bravatas,
viven en una especie de burbuja en la que no hay más actitud que la
jactancia agresora y el impulso de hacer daño, y el uso de un
vocabulario infecto que sirve sobre todo para envenenar aún más la
atmósfera colectiva, para eludir responsabilidades y buscar chivos
expiatorios, enemigos a los que atribuir las culpas de todos los
errores.
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CRASH!
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Es el virus el que mata, pero mataría muchísimo
menos si desde hace muchos años la incompetencia, la corrupción y el
clientelismo político no hubieran ido debilitando las administraciones
públicas, expulsando de ellas a muchas personas capaces, sumiendo en el
desánimo a las que se quedaban, privándolas de los recursos necesarios
que acaban dilapidados en privatizaciones tramposas o en nóminas
suntuosas de parásitos. El buen gobierno, la justicia social, necesitan
lo primero de todo de una administración honesta y eficiente. Las
mejores intenciones naufragan en la nada o en el despropósito si no hay
estructuras eficaces y flexibles y funcionarios capaces que las
mantienen en marcha. Un logro tan necesario como el ingreso mínimo vital
queda empantanado por la indigencia de una administración desbordada.
España es un país de discursos sonoros y de teléfonos oficiales que no
contestan nunca, de asesores innumerables y centros de salud en los que
falta material sanitario y hasta de limpieza, de dirigentes políticos
que prometen el paraíso de la independencia o la igualdad y médicos que
para subsistir han de firmar contratos de una semana o de un día. La
Comunidad de Madrid tiene el ritmo de contagios más alto del mundo y su
pomposo vicepresidente inaugura un dispensador de gel hidroalcohólico en
una estación de metro. Ciento cincuenta científicos de primer rango
publican en The Lancet un manifiesto en el que solicitan que las
administraciones españolas hagan un examen completo, riguroso e
independiente de la gestión de la pandemia en nuestro país. El
manifiesto aparece a principios de agosto, cuando la curva de contagios
ya está ascendiendo: ni una sola institución se hace eco; a mediados de
septiembre, y solo después de que se publique un segundo manifiesto más
alarmado todavía, el ministro de Sanidad propone a los científicos un
encuentro para octubre. Se ve que no hay prisas.
Médicos,
enfermeros, limpiadores, repartidores de comida, reponedores de
supermercados, policías, militares, cuidadores en residencias de
ancianos, profesores, farmacéuticos: el número y la calidad de las
personas que entregaron sus vidas haciendo trabajos esenciales durante
los días más oscuros del confinamiento nos dan confianza en la solidez
de nuestro país, más meritoria porque se mantiene en lo posible a pesar
de un clima político destructivo y estéril, de una clase política en la
que sin la menor duda habrá personas honradas y capaces, pero que en su
conjunto, en la realidad cotidiana de su funcionamiento, se ha
convertido en un obstáculo no ya para la convivencia civilizada, sino
para la sostenibilidad misma del país, para la supervivencia de las
instituciones y las normas de la democracia. No es que se muestren cada
día incompetentes o irresponsables en la gestión de los problemas que
nos agobian; es que se dedican activamente a agravarlos, impidiendo
cualquier forma de acuerdo constructivo, y con mucha frecuencia a crear
otros que solo existen porque ellos los han inventado, a fin de echar
más leña al fuego de la bronca diaria. Viven tan encerrados en sus
intereses que no tienen capacidad de dirigirse con generosidad y
elocuencia al común de la ciudadanía que representan, y de la que viven.
Hablan en público y solo les hablan a los suyos. Por perjudicar al
adversario son capaces de sabotear lo que sería beneficioso para la
mayoría. En lugar del debate público, del intercambio de ideas, de la
búsqueda de mejoras prácticas, prefieren el circo venenoso de las redes
sociales, que son el juguete y el escaparate al que todos ellos se han
afiliado. Ya nadie se acuerda, pero hace un año tuvimos que repetir
elecciones, porque los partidos más favorecidos por la ciudadanía en las
elecciones anteriores de abril fueron incapaces de llegar a un pacto de
gobierno, lo cual nos obligó a una larga interinidad de la que solo
empezábamos a salir, de manera vacilante, cuando irrumpió la pandemia y
nos puso delante sin excusa todas las fragilidades que llevan muchos
años arrastrándose por la incuria y la incapacidad de la clase política.
Pareció
entonces, hacia principios de marzo, que el peso brutal de la realidad
forzaría entre los dirigentes y los partidos un grado de sensatez, un
sentido de la responsabilidad equivalente al de los ciudadanos que de un
día para otro cambiaron sus hábitos y acataron el encierro, cuando no
al de los sanitarios y a los servidores públicos que con frecuencia en
condiciones lamentables ejercieron durante meses un tranquilo heroísmo.
Era tan evidente lo que nos hacía falta que parecía imposible que no se
forjaran grandes pactos para conseguirlo. Pero yo recuerdo que en los
días más oscuros la derecha española daba tanto miedo en su saña
destructiva como el coronavirus, y se confabulaba perfectamente con esa
otra derecha integrista que a algunos les parece de izquierdas tan solo
porque se declara antiespañola: a quienes más se parecen ahora los
independentistas catalanes en su insolidaridad y en sus ganas de gresca y
de aprovechamiento del desastre es a los patriotas españolistas que
malgobiernan la Comunidad de Madrid. A unos y a otros, el daño que
puedan hacer al Gobierno central les importa más que el perjuicio de
todos. Y en el Gobierno mismo, mal avenido y desnortado, los bocazas y
los irresponsables entorpecen el trabajo de los que sí saben lo que
hacen.
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| 'Si no hacemos
algo más esta gente va a hundirnos a todos.' |
No sé, sinceramente, qué podemos hacer los
ciudadanos normales, los no contagiados de odio, los que quisiéramos ver
la vida política regida por los mismos principios de pragmatismo y
concordia por los que casi todo el mundo se guía en la vida diaria. Nos
ponemos la mascarilla, guardamos distancias, salimos poco, nos lavamos
las manos, hacemos nuestro trabajo lo mejor que podemos. Si no hacemos
algo más esta gente va a hundirnos a todos.
Antonio Muñoz Molina es escritor.