viernes, 24 de septiembre de 2021

Mi paisano, Antonio Muñoz Molina

 Tan grande como una calabaza
y viene conmigo a la plaza. ¿Qué es?
La LUNA, la luna llena está en el cielo a veces hasta las 10 de la mañana. Por eso, si hago las tareas temprano, la luna a veces viene conmigo a la plaza.
Solo que si no eres de nuestra tierra no entenderás a qué va alguien a la plaza a esa hora del día. Es que en mi pueblo la plaza es como se le llamaba entonces al mercado, y las señoras - o las muchachas de servir- no hacían la compra en el mercado. Entonces ellas iban a la plaza a comprar, así sin complemento directo ni nada, y mejor temprano que tarde. 
Hablando de compras, también recuerdo que mi padre contaba cómo le prometió al abuelo antes de casarse que su sueldo de profesor era suficiente para que mi madre no tuviera que llevar las bolsas de la compra cuando volviera de la plaza, que podría pagarle una muchacha para ayudarle en la casa y para que fuera con ella a la plaza.
Y eso que yo no tengo ni la memoria de mi hermano mayor, ni mucho menos la de un escritor favorito, que recuerda el mundo de su pueblo, su familia y su infancia como si lo hubiera a vivido ayer.
Yo no, yo a veces le digo a Rafa, al hermano, que esas cosas que él cuenta pasaron en un país en el que yo no recuerdo haber estado. Ya sabéis lo que dicen, que la infancia no es solo otro tiempo, es otro lugar, otro país. Por ese país yo pasé de largo. 
Al fresco en el barreño

Pero este autor, Antonio Muñoz Molina, en su último libro - Volver a dónde -  además de dejarnos leer su Diario de la Pandemia, nos habla de su pueblo y de detalles de su vida de pequeño tan familiares para mi que me da escalofríos leer, porque si yo supiera hacerlo tan bien como él, yo también contaría esos pocos recuerdos lejanos que aun conservo.  
Como no tengo tantos como él, me gusta leer lo que él escribe porque me ayuda con mi mala memoria. Cuando leo sus recuerdos digo, - Es verdad, la fiesta del santo del abuelo Pablo era así, como la de su abuela Leonor: mucha gente, tableros convertidos en mesas, bebidas refrescándose en los barreños; o digo  - Es verdad, la matanza en la cocinilla de la casa de los abuelos era como él la describe, solo que a las niñas pequeñas nos tenían muy alejadas de matarifes, cuchillos, sangre, máquinas de embutir y sobre todo de las grandes lumbres que se hacían esos días. Esa es otra, la palabra lumbre. Nosotros también decíamos eso, no decíamos fuego.  

Aceitunas de cornezuelo

- Ah, es verdad, las aceitunas de cornezuelo se partían - las partía mi tía Isa, con un mazo de madera sentada en un taburete en el patio y luego las aliñaba y las dejaba en una orza donde no se podía meter la mano porque se ponían blandas. Así como las aliñaba el tío Juan Cachorro en el libro. 

Y es que somos un poco paisanos. Nuestros pueblos están a solo unos kilómetros de distancia y somos casi de la misma edad. Compartimos tradiciones locales, canciones, cuentos, palabras, sabores, paisajes...

He leído las paginas de este libro asintiendo muchas veces como si estuviera escuchando al autor dar una conferencia, como si él autor fuera ese profesor que espera que alguno de sus estudiantes de la primera fila en la clase asienta con la cabeza indicando que le ha entendido, que puede pasar al punto siguiente. Yo soy la alumna que asiente, le he entendido. 

Ahora le quiero dar las gracias y quiero decirle que espero su siguiente libro.


4 comentarios:

  1. Aquí también se ha dicho siempre ir a la plaza, pero como mi madre era manchega y decía mercado, yo decía las dos cosas, según con quien estuviera. O sea, que era bilingüe...

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