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martes, 19 de noviembre de 2019

LEGO

    Muchas veces pienso en los las cosas que mi padre no llegó a vivir. Ahora que se han cumplido 30 años de la caída del Muro de Berlín me he acordado mucho de él. Se que le habría encantado vivir momentos históricos como este.
Caída del Muro de BerlÍn versión LEGO
Quizás otros temas de actualidad le habrían espantado como nos espantaron a todos: las guerras en los Balcanes o en oriente Medio, el ataque terrorista a las Torres Gemelas, el auge del terrorismo islamista, el crecimiento de la desigualdad en el mundo. Eso no le habría gustado.
 Pero sí que le habrían gustado todos los avances de la ciencia. Él era un científico, un poco a su manera porque su religión le resolvía las cuestiones para las que la ciencia no tenía respuestas, pero era un gran científico. Tenía una mente privilegiada, como él mismo solía decir - aunque aplicado a otras personas -, para entender los asuntos mas complejos de la física teórica, y adoraba esa ciencia que casi le explicaba el mundo.
Mi cartera, los ultimos exámenes y trabajos, mis llaves, el ordenador
Ordenadores en todos sitios

Así que obviamente le hubiera encantado ver cómo los ordenadores e INTERNET nos han cambiado la vida, quizás también le habrían gustado los teléfonos móviles - aunque este último aparato, como él lo llamaba,no era uno de sus artilugios preferidos.
Seguro que habría comprado uno de esos  nuevos coches sin conductor. Él conducía, pero muchos pensabamos que era el coche el que lo conducía a él. Menos mal que el tráfico no era tan complicado entonces, y ¡que San Cristobal le mandó un ángel de la guarda para él solo!
Ya veis, hay muchas cosas que han cambiado en el mundo en estos treinta años, desde que nuestro padre nos dejó, y cada vez que veo algo bueno, o incluso algo no tan bueno, me acuerdo de él.
Los aviones de LEGO

Por eso, el sábado pasado, cuando fuimos con los pequeños a visitar la maravillosa exposición de LEGO en Málaga en el Muelle UNO, me acordé de él todo el tiempo que duró la visita.
Mi padre adoraba las construcciones. Cuando se jubiló, se hizo con una buena colección de tacos de TENTE con los que construía chalets de playa como aquellos donde algunas veces habíamos pasado nuestras vacaciones de verano. Construyendo estas casas pasaba tardes enteras en la mesa camilla, mientras mi madre hacia punto o cosía, o en verano se tostaba al sol. 
STAR WAR LEGO
Él hacia sus construcciones, nos las enseñaba, las guardaba unos días y las deshacía. Luego ordenaba los taquitos, las placas, las vigas y las ventanas en unas cajas de cartón que él mismo había hecho, y pasaba horas y horas jugando, como ahora Lucas y Sara pueden pasar tardes enteras sentados en el suelo montando todas las figuritas posibles de los catálogos de LEGO y todas las que salen de su imaginación. 
El esqueleto LEGO

El Castillo de Frozen
 A mi padre le hubieran fascinado los tacos de LEGO, y habría disfrutado en la exposición como un crio más. Sus tacos, sus construcciones no eran LEGO, porque entonces los LEGO eran muy poco conocidos en España; él tenía TENTE, pero no eran lo mismo. Los tacos TENTE eran de pasta muy frágil, se rompían con mucha facilidad y nunca llegaron a tener la variedad de colores, formas y piezas que tienen los LEGO.  
Los colores que no tenía el TENTE

Siempre le digo a Lucas, cuando hago casas, coches, naves espaciales, castillos, garajes, fabricas o granjas o lo que sea con él, que yo también quiero una caja de LEGO y que este año se la voy a pedir a los Reyes Magos. Lucas me mira y se ríe. - Si, pídele una grande y así yo jugaré cuando venga a esta casa. No me cree que seré yo la que juegue con los LEGO, incluso cuando él no esté.

sábado, 23 de marzo de 2019

¿Qué es?

ADIVINA, ADIVINANZA
¿Cómo se llama tu dama?
1.-  Con el lecho de un navío
y la casa de un centinela
tengo el nombre de mi dama
sin que me falte una letra
2.- Mi principio está en un punto,
mi fin en un punto está, 
y cada vez que me nombras me partes por la mitad
3.- En él mar y no me mojo, 
en el aire y no me caigo 
y me tienes en tus brazos

4.-  En medio del cielo estoy
sin ser lucero ni estrella
sin ser sol ni luna bella
a ver si averiguas quien soy
C-I-E-L-O

5.- Para bailar me pongo la capa 
porque sin la capa no puedo bailar. 
Para bailar me quito la capa
 porque con la capa no puedo bailar   

6.- Soy un palito muy derechito 
encima de la frente tengo un puntito

Purple Velvet
¿De qué color es el vestido de la dama?

7.- Si el enamorado fuese más entendido 
sabría el nombre de la dama y el color del vestido 
Lo que quedó del cordero
El bicho que pica en la panza

8.- Adivina, adivinanza
¿Cual es el bicho que pica en la panza?
Una tapita?
.. la gallina lo pone ...



9.- Blanco es 
la gallina lo pone
con aceite se fríe
y con pan se come 


10.- Blanca por dentro,
verde por fuera.
Si quieres que te lo diga,
espera 


11.- Melón de agua
pepitas negras
colorado por dentro
verde por fuera


12.-Mas pequeño 
que un ratón
y guardo tu casa
mejor que un león
Mas pequeño ...

13,- Este banco está ocupado
por un padre y por un hijo.
El padre se llama Juan
el hijo ya te lo he dicho.

tela
La tejedora

 14.- En alto vive, 
en alto mora, 
en alto teje,
 la tejedora.
El gato del chiringuito
... y siempre va mojada



15.- Una señora
muy enseñoreada,
siempre va en coche y siempre va mojada 
La vaca lechera
Ya te lo he dicho ...
16.-  Si te pregunto cómo se llama
este gran bicho, ya te lo he dicho.

17.- Oro parece, plata no es. ¿Qué es?

18.- Blanco colorao y verde. Pica y no muerde.

19.- Por un caminito va caminando un bicho
Si no lo aciertas, ya te lo he dicho 
20.- Una de parte de Tere, ¿Cuál es el animal que camina con los pies en la cabeza?

Mi madre me está ayudando a recordarlas. Ella sabe un montón, pero siempre hay alguna más por ahí.  ¡¡Añade las que sepas!!

domingo, 10 de febrero de 2019

El Cojo


MI abuelo
 El cojo aquel me tenía entre ceja y ceja y me echaba miradas asesinas cada vez que me cruzaba con él por la calle.
            Si le hubiera hecho alguna trastada, lo habría entendido, pero yo siempre me había mostrado prudente y en segundo plano detrás de la pandilla de mis amigos. Sin embargo él la había tomado conmigo y apenas me tenía a su alcance, empezaba a amenazar con el dedo:
            - A tu abuelo se lo voy a decir. Le voy a contar las putadas que me hacéis.
            Yo no conseguía entender a qué se refería, pero era suficiente que lo viera doblar la esquina de la calle para salir corriendo a refugiarme en las faldas de mi madre.
-El cojo ha dicho que me va a matar.
Ella, que se creía muy pocas cosas, no se creía ni que el cojo hubiera dicho eso, ni que yo estuviera realmente tan asustado. Así que me oía, me secaba los mocos y las lagrimas y me acunaba un rato. Cuando me había quitado ya el flequillo pegotoso de la frente y tenía la cara medio limpia, me echaba otra vez con los amigos o me mandaba con el abuelo:
- Vete con mi padre y le acompañas un rato, anda.
Yo no sabía qué era peor aún, si el abuelo o el cojo. Además, los dos eran amigos y a veces me los había encontrado juntos, charlando y liando un cigarrillo en la puerta de la casa.
Aquella vez el abuelo estaba solo. Solía sentarse a la caída de la tarde en una sillita pequeña en la puerta de la calle y arreglaba sillas de enea que le traían los vecinos. Escuchaba la radio continuamente, o por lo menos el transistor estaba siempre encendido. Cuando las pilas se acababan me mandaba al quiosco a por unas nuevas y me daba unas monedas para mí, que yo gastaba siempre en un lazo de regaliz rojo y un paquete de pipas y volvía con mi encargo a comerme las chucherías junto a mi abuelo, que no me hacía ningún caso, pero tampoco me regañaba.
Si la abuela salía de la casa a echar unos cubos de agua en la acera para refrescarla y sorprendía al abuelo fumando le armaba un griterío que se oía en medio pueblo. El abuelo había estado dos meses en el hospital aquel invierno con una pulmonía que casi se lo lleva a otro mundo y el médico había dicho que el tabaco ni de lejos, vamos que no podía ni acercarse al casino del pueblo para echarse su partida porque todo el mundo allí fumaba como chimeneas y  el doctor dijo:
- Ni olerlo, ni respirar el tabaco de los demás, ¿eh, Tomás?
Era el único del pueblo que le llamaba así. Los demás le decían ‘el culero’. Supongo que era porque le echaba los culos a las sillas. Pero no lo sé seguro, porque no toda su vida se había dedicado a eso. En realidad, mi madre decía que se le decían porque había sido siempre ‘culo de mal asiento’, y como eso lo sabían todos, desde su mujer y sus hijos hasta los viajantes que venían de paso y se alojaban en la Pensión Cervantes, camino de la capital, pues se quedó con el nombre.
Era paradójico que con esa inquietud permanente y esa incapacidad de estar sentado en cualquier reunión, a los años de su vejez le hubiera dado por arreglar sillas.  Nunca había sido mañoso para hacer las chapuzas de la casa y muchas veces vi a mi abuela o a mi madre perseguirlo para que arreglara un grifo o la hornilla o desatascara el cauchil del patio. Lo hacía,  pero protestaba más que un gato cuando le pisas la cola.
Un día, cuando se aburrió de escuchar la radio en el patio de atrás de la casa después de dormir un rato de siesta, se dio cuenta de que todas las sillas viejas de madera que usaban normalmente en la cocina y en el patio tenían el asiento casi totalmente perdido. Les salían flecos de cuerda a algunas y de juncos viejos y secos a otras. Lo pensó un rato, las miró. Cogió una que estaba casi entera y observó la trama. Dijo:
- Esto sé yo hacerlo.
Y lo hizo. Escribió en un cartón un anuncio y lo puso en la esquina de la calle, apoyado en la reja de la ventana de la primera casa:
“SE HECHAN CULOS DE ANEA.
SE ARREGLAN SILLAS.”
El cartel estuvo siempre ahí. Todo el mundo me preguntaba a qué venía ese nuevo oficio de mi abuelo. Y yo no sabía que decir, pero sabía que cada día cuando salía de la escuela me pasaba a verle un rato y me sentaba en la otra sillita que siempre tenía preparada junto a él para sus amigos y para mis visitas. Nunca para mi abuela, que seguía dentro de la casa trasteando o iba y venía a la novena de la parroquia. 
Sus manos
Trabajaba con sus manos
Un día me armé de valor y se lo lancé de un tirón:
-  La maestra dice que tu cartel está mal escrito. Echar se escribe sin hache.
-  Tu maestra no tiene ni idea. Se escribe con hache, como hacer.
-  Es que no es lo mismo echar que hacer, le repiqué como el empollón de la clase que era.
- ¿Cómo que no? A ver. Yo, ¿qué hago con las sillas?
-  Pues les echas el culo.
-  Eso, les hago el culo nuevo.  Por eso lo pongo con hache y lo pongo porque me da la gana y no tengo que darte explicaciones ni a ti, ni a tu maestra. Ahora, vas y se lo dices.
¡En eso estaba pensando yo! En ir a la maestra a decirle que mi clase de gramática  no había servido de nada. Para que se diera más cuenta aún de mi poco carácter. Ella me conocía de sobra y más de una vez me había defendido de los mayores de la escuela que me tiraban de las orejas en invierno, cuando sabían que las tenía rojas de sabañones. Me llamaban ‘el Soplillo’ porque mi madre me pelaba tanto que las orejas me sobresalían en mitad de la cabeza como las asas de un cántaro.
Pero mi maestra no se enfadaría conmigo. No era la primera vez que yo le comentaba cosas de mi abuelo, ni era la única en el pueblo que al oír su apodo o su nombre, torcía la cabeza y se sonreía, y parecía que se le alegraba la mañana.
Para mi aquello fue un misterio durante mucho tiempo. Incluso el párroco, que nos preparaba en la catequesis para la comunión, se rió del mismo modo que la maestra, cuando mi madre me llevó el primer sábado y le dijo quién era yo.
-  Así que tu eres el nieto de Tomás…. ¿Te pareces a él?
Mi madre negó con la cabeza:
-  Mas bien lo contrario. Ha salido a su padre.
Cuando ella se marchó, abrió una libreta donde apuntaba los nombres de todos los chavales y sus direcciones.
-  Así que el nieto de Tomás, ¿eh?
 Y se reía, bueno se reía bajito. Mas bien se le ponía una gran sonrisa en la boca, que yo nunca le veía ni en misa, ni cuando había gente mayor delante.
-  Si, si..., decía yo. Y volvía a aquel misterio que rodeaba a mi abuelo.
Incluso el Manolo, el que vendía las chucherías, los cromos, las pilas y los petardos en el quiosco de enfrente de la Iglesia, y del que todo el mundo decía que era tontico, se reía así cuando yo le traía algún mensaje:
-  Que dice mi abuelo que me das las pilas pasadas, que cada vez le duran menos.
Y Manolo, que a mí ni me dirigía la palabra, se me quedaba mirando, me sonreía y decía:
-  Tu abuelo es..... mas chulo que un ocho, pero a mi no me asusta. Anda, díselo. De mi parte.
Manolo sabía que yo nunca le diría eso. Todo el mundo sabía que yo no le diría ni ‘buenos días’ por no molestar. Así que, menos aún, preguntarle por qué la gente sonreía al oír su nombre.
Yo pensaba que debía de haber hecho algo muy valiente o muy importante en algún momento de su vida, pero no tenía ni la más remota idea de qué podía ser. Algo relacionado con la guerra, era lo único que mi madre había dicho. Y yo lo asocié con haber matado a algún enemigo o defendido a alguien de la familia o escaparse de la cárcel o del pelotón de fusilamiento. Pero, no había manera. La guerra, aunque ya habían pasado veinticinco años, era un tema prohibido. Nadie hablaba de aquello.
Y así iban pasando mis días.
Pero tuve suerte. Aquel verano en agosto, como todos los años desde que habían emigrado a Barcelona, volvieron mis primos y tíos para  pasar las vacaciones con la familia y dar una vuelta a la casa que aún mantuvieron en el pueblo hasta que murieron mis abuelos y los hijos se casaron. Mis primos eran de mi edad y yo los había echado mucho de menos, desde que se habían marchado, tres años antes.  Siempre habíamos jugado juntos, nuestras casas estaban en la misma calle y pasábamos los días sin separarnos  a veces ni para comer y cuando emigraron a la  ciudad,  me quedé, de la noche a la mañana, sin compañeros ni amigos, buscándolos por las placetas, los patios y todos los rincones de mi pueblo. Por ellos había aprendido a escribir y les mandaba mis cartas,  mas llenas de dibujos y borrones de tinta que de letras. No sabía cómo decirles que les echaba de menos, porque uno no sabe esas palabras cuando es niño. Solo sabía que tenía que contarles cómo seguía la vida en nuestro pueblo y como tenía aun muy pocas palabras escritas, les hacía dibujos, que se me daban mejor.
Juego de bolas para alegrar el lluvioso día
Mi tesoro
Mis tíos me trajeron unos regalos que me parecieron los más maravillosos tesoros del mundo: un diávolo, un yo-yo de plástico de mil colores y una bolsa de tela azul llena de bolas de cristal, con las que jugamos en la placeta  todas las tardes de aquel verano.
Mi tía se acercaba a vernos jugar un rato y nos llevaba la merienda, pan con chocolate o un bollo con aceite y azúcar.  Mientras devorábamos nuestra comida, yo charlaba con ella y le contaba cosas del pueblo, de las vecinas, la escuela; los cotilleos que a ella le interesaban.  Algunas  veces me preguntaba por mi madre, su hermana, y por los abuelos.  Yo le contaba cómo había ido la matanza, o la aceituna o hablábamos de la salud de mi abuela, o le contaba algún encontronazo mío con el abuelo.
¡Buenos días!  - Hora de desayunar
Pan con aceite para merendar
Ella también se reía como los demás. Un día ya me lancé a preguntárselo:
-       ¿Por qué todos os reís así cuando se menciona al abuelo?
-       Por cariño.  Dijo sonriendo plácidamente. Porque lo queremos con toda nuestra alma.
-       ¿Todos? No podía creerlo, con ese carácter.
-       Todos. Insistió ella.
-       ¿Por qué?
-       ¿No sabes lo que hizo en la guerra? ¿Nadie te lo ha contado?
-       No. ¿El qué?
-       Tú sabes lo que pasó aquí en la guerra. Espero. Primero vinieron los rojos. Luego vinieron los otros, y en medio murió mucha gente, entre ellos los padres de tu padre, por ejemplo. Eso lo sabías ¿no? Hubo muchas peleas y mucho odio. Los rojos se la tenían jurada a unos cuantos. Durante los años anteriores a la guerra, cuando había tanta hambre y tantas huelgas y tanta revolución en toda esta zona, los rojos, bueno, por aquí eran los anarquistas, juraron que cuando hubiera una revolución y ellos ganaran, colgarían de las farolas al alcalde, al cura, al señorito, al médico y al ...
-       ¿Y al maestro?
-       No, al maestro, no. Ese era el que les escuchaba decir esas barbaridades  en la escuela de adultos cuando les enseñaba a leer y a escribir. El mismo se lo preguntaba, ‘¿a  mi también me vais a colgar?’ Y ellos le decían, ‘No a usted no, señor maestro. Usted tiene la misma hambre que nosotros y tiene que seguir enseñándonos en la escuela.’  Así que en los primeros meses de la guerra, cuando ellos ya habían ganado, mataron al alcalde, al cura,  al señorito y al médico, pero dejaron que el maestro se fuera sin ponerle una mano encima. Mataron a otros  mas, porque eran terratenientes, porque, decían ellos, habían sido malos patronos, porque eran fascistas o por que quisieron. Y fueron a por tu abuelo.
-       ¿Por qué? Mi abuelo no es rico, no tiene olivos, no tiene casi nada.
-       Querían matarlo porque él les decía que así no solucionarían nada. Que estaban quitando a unos para ponerse ellos. Que eran unos incultos, que estaban acabando con la poca riqueza del pueblo, que se habían quedado con las fincas para ellos, que los pobres seguían siendo pobres... y muchas cosas más. Porque tu abuelo nunca se callaba, no callaba ni debajo de agua. Ni para bien ni para mal, nunca se anduvo por las ramas y nunca tuvo miedo de decir lo que pensaba donde hiciera falta. Eso no lo podían consentir y fueron a sacarlo de su casa para fusilarlo por traidor al pueblo.
-       Pero no lo fusilaron. ¿Por qué?
-       Esta claro que sigue bien vivo.  Ya lo has visto.  No lo mataron porque los echó de su casa., A voces. Les gritaba como un endemoniado que no tenían cojones para matarlo. Sacó la escopeta y los persiguió por la calle abajo tirándoles perdigonazos que a más de uno les debió poner el culo como un colador.
--¡Ah!, dije yo. ¡Ya está! ¡Por eso le llaman culero!
-       No he terminado la historia todavía.  Aquellos le dejaron en paz y tuvieron que aguantar que el Tomás, al que ya, como tu dices, empezaba la gente a llamar el culero, fuera su conciencia y bramara contra ellos cuando la ocasión lo requería.  Pero lo sorprendente vino después.
-       Venga tía. Sigue, que me están esperando para hacer unos hoyos en la plaza.
-       Te esperas. Esta historia la termino de una vez, porque no voy a repetírtela nunca más. Y esta parte la sabe muy poca gente. De aquello, de lo de la escopeta y los perdigones, se enteró todo el pueblo. Pero muy pocos saben que en otra ocasión, dos años mas tarde, otros hombres llegaron por la noche a sacarlo de su casa para fusilarlo.
-       ¿Quiénes eran? ¿Los mismos?
-       No, los de la primera vez estaban en la cárcel y quizá hubieran sido sus compañeros en el paredón si llegan a fusilar a tu abuelo. Esta vez eran los otros, los que ganaron la guerra, los que entraron asolándolo todo, fusilando a la gente, mandándola a la cárcel. Vengaban a sus muertos y sus humillaciones por haber tenido que ser pobres, cuando habían sido los ricos de siempre. En los pueblos esas cosas se viven con más intensidad y por tanto con mucho rencor.  El odio que se había ido acumulando en los años de la guerra estalló con una fuerza tan grande que se llevó muchas vidas por delante. A por tu abuelo iban porque se había librado antes, y si se había librado sería porque algún favor les habría hecho y de ser así no se lo podrían perdonar. Tenían que matarlo. Pero él no se echó para atrás  tampoco esta vez y aunque no sé que pasó, sé que lo que les dijo aquel día los asustó. Nunca más volvieron a molestarlo.
Yo no entendía casi nada de lo que la tía me decía, y menos aún cuando volvía a sonreír por bajito mientras me contaba esa historia. Me dejó volver con mis primos y me dio unas perras:
-    Cómprate unos caramelos, vete a jugar. Anda.
Y me fui con los demás a jugar a las canicas dándole mas vueltas a la cabeza que los trompos de madera con los que también entreteníamos las tardes de verano. Quizá por eso el cojo me la tenía jurada y amenazaba con matarme. A lo mejor me tenía envidia:  mi abuelo era un héroe y yo era el nieto de ese héroe. Y nadie me lo había dicho y no entendía que algo tan importante fuera a la vez tan secreto. 
Hubiera querido decírselo a mis compañeros de la escuela, a mis primos de Barcelona, pero las palabras de la tía me indicaban de alguna manera que no debía hacerlo. Así que yo también al pensar en mi abuelo empecé a sonreír para mí como hacían los demás: mi maestra, el párroco, mi tía. Ahora yo ya tenía algo en común con ellos y eso hizo que me sintiera mejor  y lo curioso es que también me sentía mayor, como si hubiera crecido de repente, y eso que yo no quería dejar de ser niño nunca y menos en verano.
 FIN
Escribí este cuento mientras paseaba en bicicleta por los caminos de la Vega de Granada, Mejor dicho, lo pensé durante esos largos paseos que me enseñaron los campos cercanos y  a ser paciente. En un pueblo había un cartel que indicaba dónde se podían arreglar sillas de anea. Era el cartel que aparece en el cuento. De ahí surgió mi inspiración.  De eso hace ya muchos años. Ahora lo he vuelto a encontrar. Aquí os lo dejo. Me gusta y me da pena que se quede en un cajón; bueno, en el fondo del disco duro de mi ordenador.