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lunes, 9 de enero de 2023

Tapetes

Una pequeña obra de arte

Cuando murió Asunción le dediqué un post en este blog en recuerdo de aquel famoso piano suyo que languidecía en la casa de las tías y que nunca nos dejaban tocar, ni siquiera abrir. Escribí también en recuerdo de todas las mañanas que pasé con mi madre de visita en el convento donde Asunción decidió pasar los últimos años de su vida, cuando pudo, cuando se quedó libre de obligaciones familiares. Entonces,  nosotras le llevábamos un rato de compañía y charla además de dulces, galletas o mazapanes de Montoro, que eran sus favoritos, y ella nos obsequiaba con limones del huerto, rosas del jardín y unos delicados y finísimos tapetes de crochet que hacía en sus largas jornadas de encierro y silencio.  

La caja de los tapetes de mi madre

  Tenia serios problemas de oído y teníamos  que hablarle tan alto que nuestras voces se extendían desde el saloncito de la entrada por todo el silencioso convento de clausura, pero ella mantenía aún una buena vista y le gustaba hacer estas labores primorosas.  Nos los regalaba y mi madre, que ya tenía bastantes de su propia cosecha, me los daba a mí que ya no sabia qué hacer con tanto tapete. Yo los guardaba en el cajón de los tesoros 'viejunos' y ahí se han quedado.

Filigrana de Asunción

Hoy los he recordado, a los tapetes y a Asunción.

Las telarañas de invierno

En mi paseo por la Vega en esta húmeda y neblinosa mañana de enero, he visto estos mismos tapetes colgados de las matas secas que hay en los bordes de los caminos y en la valla de alambre que rodea el olivar junto a la vía de servicio.  

 Aquí están: los tapetes que han tejido las arañas, y los tapetes que tejía Asunción para regalar a sus visitas o para entretener el tiempo que le sobraba en sus días del convento.

Entre alambres

Son redondas obras de arte que me siento afortunada de poder disfrutar y por eso quiero compartirlas con vosotros. 

Hay más tapetes en la naturaleza, o mas simetrías. Hoy los he visto también 



Espiral verde

Tapete verde

simetría verde

Feliz Año. Que el año 2023 nos traiga muchas sorpresas tan agradables como esta.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

La misma edad

También fuimos a Londres - Rafa nos hizo esta foto
Tengo ahora justo la misma edad que tenía mi madre cuando vino conmigo de intercambio a Inglaterra. Ella, que estaba dispuesta a ir de viaje al fin del mundo aceptó mi propuesta de acompañarme durante las dos semanas que duraba la estancia de mis alumnas en Inglaterra con una de sus frases lapidarias:  -- Creía que nunca me lo ibas a pedir.

Como dos inglesas en Henley-on-Thames

  Yo la veía mayor, la verdad, y la veía cansada para aguantar un viaje tan intenso cuidando a veinte chicas adolescentes en un intercambio escolar, pero la que acabó agotada, exhausta y sin fuerzas fui yo.

El colegio nos alojó en una casa siniestra destinada a visitas de segunda categoría. las importantes se instalaban en el edificio principal, cerca de las habitaciones de la directora.  Mi madre no comprendía cómo un internado tan caro podría mantener esos edificios tan antiguos, donde los accesos por la noche, cuando las cancelas generales del colegio se cerraban,  eran un laberinto oscuro y tortuoso.  --Deberíamos haber traído una linterna, -decía cada noche cuando volvíamos a 'nuestra casa'. A mi no me importaba vivir en aquel lugar; nuestro apartamento tenia todo lo necesario y además estaba mas cerca de las casas donde vivían mis alumnas.

La primera semana fue agotadora porque teníamos actividades con el grupo de chicas todos los días y a ella le cansaba la cháchara eterna de las chicas y la energía con la que disfrutaban de nuestras excursiones.  Hasta que llegó el día de la excursión programada a Londres  y dijo que no se vendría con nosotras.  Ese día la dejé sola en el apartamento con la llave y dinero en libras. Yo ya le había enseñado donde estaba la iglesia católica y el centro comercial y cómo salir del laberinto del colegio.

Cosiendo en nuestro apartamento

Cuando volví por la noche agotada después de un día completo con las chicas en Londres, con trenes, metros y recorrido en el autobús turístico, además de las visitas de rigor raudas y por encima al Museo Británico, a la National Gallery y a los puentes del Támesis, ella  estaba fresca como una rosa descansada y cosiendo o quizá  tejiendo un suéter para un futuro nieto y me contó su jornada en la ciudad.  Había ido a misa a la parroquia católica y había estado hablando con el párroco en no sé qué idioma. Éste la había saludado al acabar la misa cuando reconoció que era una feligresa nueva y ella, que era muy dicharachera y muy charlatana, seguro que algo le respondería y se entendieron porque ambos eran cristianos felices.

La reina del Castillo - nuestro coelgio
 Fue a una mercería a comprar 'las mejores agujas de coser', que son las inglesas. También compró unos ovillos de lana y agujas de punto para hacer un jersey de bebé. Allí la entendieron bien, claro que la chica que la atendió era argentina.

King's College -Cambridge 

No acabaron allí sus conversaciones; se sentó en un banco en el parque a descansar y tomar el sol y estuvo charlando con una señora inglesa un buen rato. Me contó que intercambiaron recetas de cocina. ¿En qué extraño idioma hablarían?

Su única visita a un McDonald's

Pero sí que vino con nuestro grupo de chicos y chicas cuando fuimos a visitar el Castillo de Warwick y también vino a Cambridge aunque esta visita fue muy caótica y la comida fue terrible. Tras visitar el King's College y algún museo, acabamos en un McDonald's un sitio en el que nunca había entrado y nunca volvió a entrar en su vida.  No le gustó nada, y llevaba razón: la comida fue horrorosa.

Patio del Castillo de Warwick

En el Castillo de Warwickcomimos mejor pero solo porque regalamos nuestro packed lunch a las chicas y yo pedí a Geoffrey, el profesor inglés, que nos llevará a comer al restaurante del castillo.  Macario, mi compañero de Instituto que acompañaba a los chicos, siempre me agradeció mi gesto de fuerza, pero es que yo ya necesitaba una buena comida y un poco de descanso y sin embargo mi madre no se quejaba y aguantó aquella visita interminable por los tétricos pasillos de un castillo restaurado para turistas lleno de maniquíes y figuras de cera que reproducían la vida como había sido tres siglos atrás. Hasta los caballos parecían auténticos porque cuando pasábamos por lo que había sido los establos,  el olor a estiércol, a paja y a orines de los caballos se sentía por todos los sitios y las figuras se movían de tal manera que a mí una de ellas me asustó  y pensé que era un fantasma.

Junto a la sala de profesores -Puro otoño inglés

Creo que ella disfrutó mucho de aquel viaje, aunque durante nuestra estancia en el colegio solo pudiera hablar conmigo, y yo no podía hacerle caso todo el tiempo porque tenía que dividirme entre atenderla a ella  y cuidar de mis chicas. 

Pero todo le parecía bien y le gustaban las excursiones, la visita a Londres a ver a sus sobrino Rafalito, los paisajes de otoño ingleses, el día que nos invitaron mis amigos John y Maricarmen a comer con ellos en Eton, e incluso las comidas inglesas en el comedor del colegio rodeadas de cientos de escolares charlatanas.  

Fuimos a ver a Rafalito, que estaba de Erasmus

Aunque ella no podía hablar con las profesoras del colegio no le importaba; la verdad es que ella no necesitaba que nadie le dijera nada ni que le contestarán en su charla interminable. Ella me hablaba y hablaba y hablaba y hablaba y hablaba y hablaba y hablaba y hablaba y hablaba una conversación sin fin en la que ocupaba el día entero y cuando terminaba el día yo no sabía donde tenía la cabeza ni sabía de qué  había estado hablando. Sí, yo acabé intoxicada de palabras y agotada, pero también contenta de haberla invitado a este largo viaje. 


 

domingo, 17 de julio de 2022

La bolsa de plástico

Mi sobrina Elena decía que su novio tenia menos detalles que un PANDA, y era una queja razonable porque el muchacho era bastante soso y lacio - menos mal que aquel noviazgo duró poco. Lo que sucede es que a mi me gustaba mucho mi PANDA, aunque tuviera pocos, poquísimos detalles y no me hacia gracia que lo compararan con novios mal elegidos.

  Mi pequeño PANDA 35, mi primer coche, el que elegí por su simplicidad y por su precio, sí que tenía rueda de repuesto, cenicero y te lo daban con un destornillador que aun conservo, pero no tenía guantera, ni suspensión en el asiento trasero - era un simple cojín apoyado en la chapa del coche- , ni aire acondicionando, ni elevalunas eléctricos, ni radio, ni ninguno de los miles de detalles que ahora tienen los coches. 

Mi Panda y mi bici

Pero a mi me sirvió para ir clase al Instituto de Atarfe cuando aprobé las oposiciones y me servía para llevar a mi padres de paseo al campo a coger flores, a ver a mis hermanos que se habían empeñado en hacerse adosados en las afueras, o a tomar un café en algún merendero de la carretera de la costa o del pantano. 

Unos años mas tarde solo llevaba a mi madre, que era valiente de venir sola conmigo, ignorante de todo lo que yo desconocía sobre conducir o sobre la mecánica de un automóvil que yo no cuidaba mucho, la verdad.

. De vez en cuando lo llevaba a lavar la gasolinera, solo porque mi padre me había repetido durante años lo de que - No era digno de una señorita tener un coche tan sucio. Aquello me picaba el amor propio y para el siguiente paseo lo llevaba reluciente como una bombilla, pequeña, claro.

Puesta de sol en el Puerto de la Mora
 La tarde que se encendió el piloto rojo cuando volvíamos de un paseo al Puerto de La Mora, yo simplemente esperé que se apagara y no le di mas importancia. Mi madre comentó que olía a quemado, pero mi sensibilidad olfativa es muy baja y la luz solo se encendía a ratos. Así que seguí conduciendo por la antigua carretera de Murcia camino de Huetor Santillán. No existía la A-92 entonces, solo cuestas y curvas para llegar a la Alfaguara. 

Cuando el humo empezó a salir por el capó, ya si me preocupé. Tenia una nube de vapor delante de mis ojos que me impedía ver y tuve que aparcar el coche a un lado de la carretera.  Con cuidado, porque esa lección si me la había estudiado, abrí el capó y allí estaba el tapón del radiador caído sobre una pieza del motor y el radiador prácticamente vacío.

No me sentía capaz de solucionar el problema y no existían los teléfonos móviles. Intenté parar uno de los pocos coches que circulaban por la carretera; nadie me hizo caso.  Me acerqué a un pequeño cortijo abandonado. Busqué una fuente, un grifo. No había nadie ni nada, pero encontré un pequeño arroyo con agua limpia. 

Una bolsa de tela ahora es un tote
 El problema era cómo llevar el agua hasta el radiador. Mi madre sugirió que usara mis zapatos  y ella me ofreció su bolso de piel negro que vació en el asiento del copiloto. Allí estaba la solución: una de las bolsas de plástico plegadas que siempre llevaba consigo. Era una pionera de los totes y de las bolsas recicladas para hacer la compra. --¡Esto servirá!- dijo

Y con mi bolsa llena de agua en varios viajes pude rellenar el radiador. Esperamos que se enfriara el coche y cuando la tarde ya estaba también enfriándose y oscureciendo volvimos para casa. 

Una simple bolsa del bikini

 Fue una buena aventura y ella fue la heroína. Hoy, que he tenido que usar mi ingenio y la bolsa de plástico de mi bikini para llevar agua al rincón de la terraza donde quería limpiar la tumbona porque no tenía un cubo cerca, hoy me acordé de esta historia y os la traigo.

domingo, 27 de febrero de 2022

El verano que todo empezó

Ya casi no hay carretera, solo baches

En la carretera del pantano había y aún hay unos enormes baches, que normalmente sorteaba sin ningún problema con mi bici, pero aquella mañana de los primeros días de junio iba pensando en las musarañas y no agarré fuerte el manillar. 

Entré rápida en el cráter en que se había convertido aquel bache de la cuesta abajo y no salí; caí sobre mi lado izquierdo, aterricé  en el poco asfalto que aun quedaba en el camino y oí que algo me había crujido. 

Pensé que era la cámara de fotos que siempre llevaba en la mochila e intenté levantarme y sacudirme el polvo, pero era imposible. Un elefante se había sentado sobre mi cuerpo, no podía moverme del suelo y mi hombro había desparecido. 

Mi húmero izquierdo se había roto en dos trozos, pero eso no lo supe hasta que la doctora de urgencias me enderezó el brazo, después de inyectarme una dosis de morfina, y me lo fijó en una escayola que me cubría todo el pecho. Aquello tenía muy mal aspecto, parecía serio.

Todos en la Alpujarra, yo con el brazo en cabestrillo

 Y así fue: estuve seis meses de baja, tres con el brazo en cabestrillo amarrado dentro de una horrible férula de plástico que me irritaba la piel constantemente y tres de rehabilitación. Fue un terrible verano sin baños en la piscina o en el mar. 

Un verano de patio, y de lecturas en el que empecé este blog y empecé también a compartir mis fotos en el flickr. Un verano en el que aprendí a hacer las cosas con una sola mano y en el que la amable gente venia a hacerme compañía en esas largas y calurosas tardes. Una de mi mas asiduas compañeras de encierro y de meriendas fue mi madre.

Por eso escribí este texto en octubre de 2005 para el libro que preparamos entre toda la familia con motivo de su 80 cumpleaños en noviembre de ese año. Finalmente no lo incluí porque me pareció demasiado personal y lo he guardado hasta esta tarde gris de este triste domingo de febrero para compartirlo con vosotros.

"Mamá, tu hija Tere, que es la más dispuesta y organizadora de todos nosotros, nos ha dicho que tenemos que colaborar todos con el libro homenaje por tu 80 cumpleaños. Y yo, la verdad es que no se qué escribir, y no porque no tenga tema, te conozco desde hace 52 años y te he tratado mucho, así que algo se me tiene que ocurrir. Pero, ahora que me pongo a la tarea no se por donde empezar. 

Esto de escribirte un libro me recuerda a uno que ha estado rodando por nuestra casa familiar desde que yo recuerdo o desde que al menos aprendí a leer, y como leía mucho y no había tantas cosas como hay hoy, como tu dices, releía los libros hasta aprendérmelos de memoria. Los de mi  primera comunión aun los recuerdo: el del elefantito Babar, el de Matilde, Perico y Periquín, el de la japonesita que tenía unos preciosos quimonos y que se le abría la cabeza y las patitas.

El Santo de Papá

  Pero este en particular ya era un libro para lectores mas mayores y yo debía de tener unos nueve o diez años. Se llamaba, El Santo de Papa, y ahora que no nos oye nadie te confesare que te lo robé de la estantería del cuarto de Isa hace unos meses. ¡Qué casualidad que ahora venga al caso! Porque yo entonces, me refiero a cuando lo leía de chica, no a mi robo de este verano, escribí una redacción sobre mi familia para el colegio que fue un autentico escándalo. Tome como modelo el dichoso libro, que contaba la vida de una familia grande como la nuestra, y conté lo que nosotros hacíamos en casa, tantos hijos, tanta gente siempre, cómo comíamos, jugábamos, reíamos, nos peleábamos y vivíamos y al final sacaba la conclusión de que yo quería más a mi papá que a mi mamá. 

Las teresianas se rieron escandalizadas por mi herejía: los niños siempre deben preferir a sus madres y me hicieron sentir que algo no estaba bien, a pesar de que la profesora me puso un diez por escribir tanto, sin faltas de ortografía y con una buena presentación.

Ahora no se si fueron ellas las que te lo dijeron, porque eran capaces de eso y mucho mas, las pérfidas teresianas de mi mal recuerdo, o fui yo que era una ingenua de tamaño natural la que se dejó el cuaderno de los deberes encima de la mesa del cuarto de la tele. El caso es que te enteraste y te dolió. O a lo mejor no te dolió y lo viste normal. No lo sé. Yo se que llevo eso dentro desde hace mucho tiempo; yo también llegue a pensar que a mi no me querías como a los demás porque habías leído mi libreta de redacciones y claro por eso me regañabas y no me hacías cariños y me ignorabas. Dios mío que difícil debe de ser repartirse para tanta gente, como tú has tenido que hacer.  No hay ningún reproche, ni mucho menos. Se que yo misma me lo inventé y yo misma me lo borré de la cabeza. 

Ella con Lucía y otros en el patio
 Ahora ya somos viejas las dos y después de este duro verano que me ha tocado pasar, en el que tú me has acompañado y cuidado tanto, ahora,  me vuelvo a mis hermanos y les digo: chincha, rabia que yo la he tenido para mi este verano y vosotros no. Y me quedo más pancha que ancha.

Besos, mamá

20 Octubre de 2005

 

martes, 9 de febrero de 2021

Otra caja de polvorones

Fabrica de cerámica Los Arrayanes
Mi madre hacía cuajada de carnaval con los polvorones y mantecados que sobraban de las comidas navideñas. La receta es fácil, se machacan los polvorones con un tenedor, se mezclan con crema pastelera y se cuajan en boles de cerámica de Fajalauza.   Es otro recuerdo y una buena forma de reciclar los restos de los dulces de Navidad para que no se queden rodando hasta el verano. - El año pasado tiré las ultimas hojaldrinas el día de mi cumpleaños en agosto, cuando hacía sitio en la lata de las galletas.

Cuajada de Carnaval

Aquí en Granada, esta tradición es de toda la vida y para mí que no tomo ni polvorones ni dulces, la cuajada no me interesa especialmente.. 

Pero hoy os hablo de otra forma de reciclar la Navidad, mejor dicho las cajas de productos navideños.

  Porque hoy he descubierto que la gran caja donde mi padre guardaba sus piezas del TENTE es una caja de polvorones tamaño familiar de EL MESÍAS.  De un catálogo recortó fotografías y las pegó en la tapa, por fuera y por dentro, y lo fijó todo muy bien con papel celo, a él el celo le encantaba y lo usaba para todo. Podéis ver los detalles en la foto. Es una autentica obra de artesanía, como los pasteles de Carnaval, más o menos.

Polvorones EL MESÍAS
No me extraña que mi padre reutilizara la caja de los polvorones, él adoraba una buena caja de lo que fuera: de camisas, zapatos, mantas, bombones, galletas. 

Si el cartón era recio la guardaba porque siempre podía ser útil, y si era muy fea la forraba con algún papel que encontrara por la casa y lo pegaba primorosamente con cola blanca o celo hasta que quedaba una caja perfecta, un nuevo cofre donde guardar los tapetes de mi madre, su colección de guantes o su colección de cajas mas pequeñas.

Jugando al TENTE con mi madre
Mira, más tapetes
Caja artesanal

No puedo, no debo criticarlos porque son mis padres y porque yo sigo sus pasos: los dos de hecho, mi madre y mi padre, adoraban las cajas y yo soy tan fiel seguidora de ese culto que durante años he guardado las cajitas monas que te dan con cualquier cosa e incluso las forro con mis viejas fotos impresas que nunca voy ni a enmarcar ni a colgar de las paredes para que estén más bonitas aún. 

En ellas guardo más fotos, mis botones, mis hilos de colores para las labores de punto de cruz, mi colección de lápices de memoria USB sin uso, mis útiles de escritura- sobres, folios, sellos-, mis postales antiguas ...  y ahora, guardo mis mascarillas.  

Mi taller

Una cajita ya forrada
La pena es que a pesar de lo bonitas que me quedaron, aun no me atrevo a regalarlas y me invaden por todos sitios. Es como si me hubiera caído una maldición por atesorar cosas inútiles.

Pero ya se que no soy la única: en casa de mi madre sigo encontrado en los armarios las viejas cajas de zapatos o de mantas forradas por mi padre todavía llenas de los tapetes que mi madre también coleccionaba. 

Una serpiente de verano

Pienso que esta afición nuestra es como una serpiente que se muerde la cola o como un laberinto sin entrada ni salida; algo así como estos días de encierro a causa de la maldita pandemia que, como nuestras colecciones de colecciones, tampoco parecen tener principio ni fin. 

Así estamos por aquí.