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| La repisa en la casa familiar con mi plato |
Así que en su memoria me traje la repisa a casa, la puse en la pared de la escalera y la llené con otros tesoros de mi madre. Completé la colección de recuerdos con una figurita de porcelana de su tocador, una tetera de tía Mariana y un pequeño florero de cristal, demasiado pequeño para florero. Para completar el altar le puse dos tapetes de los suyos con encaje y quedó tan llena de recuerdos como si fuera mi altar en su memoria.
Quedó tan coqueta que daba un poco de yuyu de verla. No se parecía en nada a cuando la tenía en su casa: ella puso unos libros de santos, la Biblia, un elefante de madera que sujetaba los libros y retratos familiares - durante un tiempo hubo uno enorme de su ahijada Machu vestida de novia clásica como ninguna de sus hijas se vistió.
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| En su casa | |
Hace unos días, mientras planchaba y me aburría, pensé que en esta casa hay demasiados cacharros de decoración - pongos - que solo sirven para coger polvo y entorpecer la limpieza y el acceso a los libros de la estantería del cuarto de la plancha, el de los invitados.
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| En la mía - Me quedó preciosa |
Estaba pensando dónde y cómo podría guardar esta inmensa colección de pongos que tengo por toda la casa, cajitas, tortugas, caballitos y otros animales de cerámica, cuando sonó un enorme estruendo, como si un elefante hubiera entrado en una cacharrería.
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| Aun no le había puesto los tapetes |
¡¡ZAS!! Lo supe enseguida.
Toda la escalera estaba llena de trozos grandes y pequeños de los objetos de la repisa: las tapas de las teteras, el brazo de la figurita, unos pedazos de cristal y de loza de varios colores, la tierra y la planta de cinta de una pequeña maceta que también la adornaba.
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| ¡¡Crash!! |
Junto a este estropicio estaba la cara descompuesta del muchacho que había venido a hacer un presupuesto para pintar la casa. Con su energía, juventud y nervios había subido la escalera dando zancadas y no vio la repisa hasta que sintió que la había rozado con el codo y entonces si que la vio estrellarse contra el suelo.
A mi se me quedó la cara tan descompuesta como a él, pero tuve que tranquilizarlo para que no se echara a llorar. -- No pasa nada. Son solamente cosas, --le dije.
La repisa sobrevivió pero si algún día la vuelvo a colgar en la pared de la escalera solo pondré libros y objetos que no se puedan romper.
No es tiempo de colgar altares. He aprendido la lección.









