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martes, 11 de noviembre de 2025

Frío en la cocina

 En estos días de noviembre por la mañana entro en la cocina con la estufa en la mano porque hace tanto frío que no puedo desayunar sentada si no caliento la habitación un poco.  

Obras en la cocina
Garaje-cocina

La culpa la tuvo Isidro, el albañil. Cuando hicimos la obra, hace ya más de veinte años, quitaron el radiador que estaba detrás de la puerta y luego se olvidaron de ponerlo. Cuando ya estaba toda la obra terminada, hasta los muebles y los electrodomésticos instalados,  alguien preguntó - y el radiador, ¿donde lo vais a poner?

Todo casi terminado

No era cuestión de levantar el suelo otra vez para poner las tuberías; ya habíamos tenido bastantes problemas cuando Tomás, el sobrino de Isidro, que venía de aprendiz, se quedó encerrado en el último rincón de la cocina poniendo las losetas; parece un chiste, pero yo lo vi. Estaba descompuesto y empezó a llamar a su tío a voces para que le dijera cómo salir de ese agujero. Yo no quise ni ver el final de aquella historia. No sabía si echarme a reír o ponerme a gritar como Tomás, pero yo de pura hartura.

Dios mío, eran tan malos los de esa cuadrilla, Isidro, Antonio y  Tomás, el aprendiz, que yo solo soñaba con que se fueran de una vez aunque dejaran la cocina a medias.

Estuvimos un mes cocinando en el microondas y comiendo en el garaje y ya no podía aguantar ni un día más.



Así que ahora me traigo la estufa cuando voy a desayunar y me río sola, por no cabrearme, con la historia de la cocina sin radiador. 

domingo, 17 de julio de 2022

La bolsa de plástico

Mi sobrina Elena decía que su novio tenia menos detalles que un PANDA, y era una queja razonable porque el muchacho era bastante soso y lacio - menos mal que aquel noviazgo duró poco. Lo que sucede es que a mi me gustaba mucho mi PANDA, aunque tuviera pocos, poquísimos detalles y no me hacia gracia que lo compararan con novios mal elegidos.

  Mi pequeño PANDA 35, mi primer coche, el que elegí por su simplicidad y por su precio, sí que tenía rueda de repuesto, cenicero y te lo daban con un destornillador que aun conservo, pero no tenía guantera, ni suspensión en el asiento trasero - era un simple cojín apoyado en la chapa del coche- , ni aire acondicionando, ni elevalunas eléctricos, ni radio, ni ninguno de los miles de detalles que ahora tienen los coches. 

Mi Panda y mi bici

Pero a mi me sirvió para ir clase al Instituto de Atarfe cuando aprobé las oposiciones y me servía para llevar a mi padres de paseo al campo a coger flores, a ver a mis hermanos que se habían empeñado en hacerse adosados en las afueras, o a tomar un café en algún merendero de la carretera de la costa o del pantano. 

Unos años mas tarde solo llevaba a mi madre, que era valiente de venir sola conmigo, ignorante de todo lo que yo desconocía sobre conducir o sobre la mecánica de un automóvil que yo no cuidaba mucho, la verdad.

. De vez en cuando lo llevaba a lavar la gasolinera, solo porque mi padre me había repetido durante años lo de que - No era digno de una señorita tener un coche tan sucio. Aquello me picaba el amor propio y para el siguiente paseo lo llevaba reluciente como una bombilla, pequeña, claro.

Puesta de sol en el Puerto de la Mora
 La tarde que se encendió el piloto rojo cuando volvíamos de un paseo al Puerto de La Mora, yo simplemente esperé que se apagara y no le di mas importancia. Mi madre comentó que olía a quemado, pero mi sensibilidad olfativa es muy baja y la luz solo se encendía a ratos. Así que seguí conduciendo por la antigua carretera de Murcia camino de Huetor Santillán. No existía la A-92 entonces, solo cuestas y curvas para llegar a la Alfaguara. 

Cuando el humo empezó a salir por el capó, ya si me preocupé. Tenia una nube de vapor delante de mis ojos que me impedía ver y tuve que aparcar el coche a un lado de la carretera.  Con cuidado, porque esa lección si me la había estudiado, abrí el capó y allí estaba el tapón del radiador caído sobre una pieza del motor y el radiador prácticamente vacío.

No me sentía capaz de solucionar el problema y no existían los teléfonos móviles. Intenté parar uno de los pocos coches que circulaban por la carretera; nadie me hizo caso.  Me acerqué a un pequeño cortijo abandonado. Busqué una fuente, un grifo. No había nadie ni nada, pero encontré un pequeño arroyo con agua limpia. 

Una bolsa de tela ahora es un tote
 El problema era cómo llevar el agua hasta el radiador. Mi madre sugirió que usara mis zapatos  y ella me ofreció su bolso de piel negro que vació en el asiento del copiloto. Allí estaba la solución: una de las bolsas de plástico plegadas que siempre llevaba consigo. Era una pionera de los totes y de las bolsas recicladas para hacer la compra. --¡Esto servirá!- dijo

Y con mi bolsa llena de agua en varios viajes pude rellenar el radiador. Esperamos que se enfriara el coche y cuando la tarde ya estaba también enfriándose y oscureciendo volvimos para casa. 

Una simple bolsa del bikini

 Fue una buena aventura y ella fue la heroína. Hoy, que he tenido que usar mi ingenio y la bolsa de plástico de mi bikini para llevar agua al rincón de la terraza donde quería limpiar la tumbona porque no tenía un cubo cerca, hoy me acordé de esta historia y os la traigo.