jueves, 24 de septiembre de 2026

Aventura en el pantano

La vista desde la casa en ruinas

 Yo siempre he sido muy cobarde, pero, a pesar de eso, siempre me he metido en aventuras que no parecían serlo. 

Hoy he vivido una de ellas y apenas a 20 kilómetros de mi casa. 

Me he ido, yo solita - cómo si no - a hacer fotos para unos de mis concursos habituales, al pantano de Cubillas, que es como nuestro jardín particular, que decía mi padre. Aparqué el coche en un ancho del camino y bajé hasta la orilla a hacer fotos del paisaje, de los árboles arrancados de cuajo por el viento el invierno pasado que aún siguen allí tumbados y abandonados sin que nadie los recoja y de la playa que va quedando porque el agua poco a poco va bajando el nivel, aunque no demasiado para la época del año en la que estamos.

Los árboles desarraigados, como las criaturas

También había una parejita dedicada a sus cosas y yo, que soy cobarde, pero discreta, removí las piedras del camino para que me oyeran y se percataran de mi presencia.

No había nadie ni nada más, ni patos, ni pescadores, ni nubes. Un día muy tranquilo.

Me volví al coche, pero justo donde lo había aparcado estaba la antigua entrada a un carril de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, un carril que siempre había estado cerrado y hoy estaba abierto.  No me pude resistir. Seguí por allí haciendo más fotos y feliz de tener un punto de vista diferente del pantano. “Esta vista no la va a tener nadie”, pensé. – Es que el pantano es un tema recurrente en todos los concursos fotográficos de esta tierra.

La casa abandonada

Encontré unas ruinas al final del camino. Una vivienda vandalizada, abandonada, llena de porquerías y grafitis. Como todas las casas que alguien deja olvidadas en el campo. Qué pena. Las vistas de la presa, el agua y las montañas era maravillosa, y el lugar estaba lleno de paz, excepto por las señales de guerra de la casa.

Seguí un poco más y descubrí a otro intruso como yo. Un hombre vestido de negro que se puso de pie cuando me oyó, pero no me devolvió el saludo. Vi su bicicleta y los trastos que había cerca de él. Se veía que conocía el sitio y que estaba descansando de su paseo en bicicleta hasta ese punto. Pero, de repente, me entro miedo. ¿Y si es un psicópata que ahora me ataca?

¡Qué pena de casa!

Me volví rápidamente hacia el coche, pero el hombre me alcanzó justo cuando yo estaba abriendo la puerta del piloto.

Está bien este camino, --me dijo a modo de saludo.

Si- le respondí--, yo siempre lo había visto cerrado. Pero ahora no me extraña por cómo han destrozado la casa que hay al final.

Son los rumanos, señora. Tenga cuidado si viene usted sola por aquí. Yo ya me los he encontrado alguna veces y dan miedo. Se meten, se tumban ahí, hacen fuegos.  Si a usted le gusta salir sola de paseo, lleve algo para defenderse: gas pimenta, una navaja, algo. No salga así. No sabe lo que le puede pasar.

Menuda imaginación: la mía y la de este tipo que me ha metido otro miedo distinto en el cuerpo.  Es un problema. Ahora no sé qué voy a hacer.

Las bolsas con los restos de la marihuana en la Vega

Este verano me asustaba la posibilidad de encontrarme un almacén o un invernadero clandestino, claro, de marihuana durante mis paseos por la Vega. Ahora son los rumanos. Mañana... 

 


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