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jueves, 11 de marzo de 2021

La mujer invisible

Hace unos días se celebró el DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER y por eso he recordado este cuento que escribí hace muchos años.   

Nadie ve a la mujer invisible, nadie la oye, nadie la puede tocar, nadie siente el olor de su perfume, nadie le ofrece un asiento en el autobús cuando entra cansada, nadie le pregunta qué desea en la tienda, ni le pregunta qué quiere tomar cuando se acerca a la barra de un bar, ningún coche se detiene cuando ella quiere cruzar por el paso de cebra. 

Nadie le dice,  ¿Me  puede acercar ese impreso, por favor?   Nadie le pregunta si es la última en la cola, nadie le ha dado la carta en la mesa del restaurante para que elija lo que va a comer, y cuando los demás piden sus platos nadie escribe lo que ella desea tomar.

Nadie la oye o la escucha y por eso ella cree que habla sola. Nadie le pregunta su opinión; aunque ella escucha las de todos. Por eso, aunque nadie presta atención a lo que ella dice, ellos sí saben que hay una sombra frente a ellos que los está escuchando.

Nadie siente su aroma,  nadie le pregunta qué perfume usa; llevó a la tienda el frasco de colonia que recibió de regalo en Navidad para devolverlo porque no desprendía ningún aroma.  El encargado de perfumería debió de pensar que era una señora histérica y menopaúsica mas, como tantas otras que el ya tampoco veía.

 

Ella se mira en el espejo cuando se peina y se maquilla, pero sabe que ni siquiera el espejo le devuelve su cara.  Lo hace por costumbre y piensa, mientras se pasa el cepillo por el pelo, que se estará volviendo vampiro y por eso ella tampoco se ve en el reflejo.

Nadie se ha dado cuenta de que su abrigo ya no es el gris de siempre. Ahora lleva uno rojo que nadie le ha visto; sus pantalones de cuero negro no reflejan la luz de la sala, y parece que sigue con sus viejos vaqueros. Sus botas de punta afilada color burdeos, con un gran tacón también afilado no han llamado la atención de nadie

Nadie le ha preguntado a dónde fue el fin de semana. Nadie le pide consejo sobre libros, ropa, conciertos y películas. Nadie sabe que ella también se interesa por la cultura.

Los libros que ella lee, no existen. Los cuadros que ella ve  no están en  las exposiciones habituales. Los conciertos a los que ella asiste solo son  música que suena en su cabeza. Y las películas que a ella le gustan no están al alcance del mando a distancia, cuando algún día consigue retenerlo más de un minuto.

Ella sabe que es trasparente y ya se ha ido acostumbrando poco a poco.

Ella elige la comida que va a guisar pensando en los que van a venir a comer, como si ella ya no comiera; y compra las revistas según los gustos de los que van a ojearlas como si trabajara en la consulta de un dentista.

Los floreros y adornos con los que decora en el salón de su casa tampoco existen. Si cambia el lugar de las jarrones, figuritas o marcos de fotos para ponerlos a su gusto, otra persona decide que no es esa su posición correcta e insiste en poner los objetos simétricamente, como deben estar.  Como si el gusto de ella no fuera el correcto.

A veces ha probado a ponerse durante muchos días seguidos diferentes pendientes en cada oreja o calcetines de colores diferentes; pero nadie lo ha notado.

Una vez se pintó el pelo de rojo y tampoco la vieron. Era tan diferente que ya no era ella, ni siquiera así vieron a la mujer invisible. Vieron a otra mujer.

La mujer invisible no se queja. Así está mas tranquila, y es más feliz. Ya no tiene que preocuparse por ponerse elegante para ir al trabajo. Si preguntas mañana a sus compañeros qué ropa llevaba hoy, nadie te lo podrá decir: falda, pantalones, el conjunto gris,…no se.  Tampoco tiene que preocuparse por emparejar los calcetines o los pendientes, ni por llevar el coche sucio o los zapatos con polvo.

Fantasma en el aeropuerto
 Por rutina y porque ella sigue siendo limpia, se ducha a diario y se cambia de ropa. Va a la peluquería cada dos meses y se retoca la longitud del cabello, se tapa las canas, y se pone moldeadores suavecitos. Sigue yendo de compras y su vestuario se renueva cada temporada. Pero ya sabe que nadie le notará los cambios.
El fantasma del tren
La pasada Navidad se puso mechas doradas en el pelo. Nadie se las vio. Se ha comprado un conjunto muy elegante, que nadie le ha celebrado.  

Llevó a la fiesta de fin de año un nuevo vestido de tirantes que le descubría la espalda; nadie le vio la espalda. Todos se empeñaban en tapársela con un chal que llevaba sobre los hombros y que ella procuraba dejar caer.  Como en aquella fiesta a la que fue con quince años y, rodeada de personas mayores, nadie le pasó un canapé y nadie la sacó a bailar. Ella ya no se pone triste como entonces, porque ahora ya sabe que no sabe bailar y que si no come mantiene su línea mejor. Pero ahora siente también que estaría más cómoda sentada en el sofá sin tacones ni tirantes.

Ella se queda sola, pero ya no está tan sola. Antes pensaba que había amigos alrededor y que ella también podría contar sus cosas. Ahora no le importa porque sabe que ella no está sola, porque no está allí; si nadie la ve, si nadie la escucha, si nadie la siente, si es transparente, si no tiene olor, ni tacto, ni sabor, ni vista, ni palabras que decir, es porque ya no existe.

 Porque ella ya se ha convertido en el fantasma que siempre temió ser. Tu no la ves, pero ella sigue ahí. Ella sí te ve a ti.

Escribí este cuento en el invierno de 2003 - Ha pasado mucha agua bajo el río desde entonces.


sábado, 17 de marzo de 2018

El fantasma del Hotel Villa Oniria


Hotel Villa Oniria - Antigua casa de los Méndez
Yo pensaba que mis palabras en este blog no las leían mas que cuatro o cinco personas y a ellas iban dedicados la mayoría de mis posts. Se que Ara, Tere y Mª Ángeles son fieles seguidoras de mi blog e incluso alguna vez me dejan un amable comentario. Pero tengo pocos lectores más, por lo que yo se.

Puerta de la Justicia recién restaurada
Fantasmas del pasado
Sin embargo hoy he descubierto que me han descubierto: mis antiguas amigas del colegio han llegado hasta aquí. 

Aunque yo por prudencia no quería contaros nuestras batallitas de entonces, de cuando eramos unas tiernas adolescentes en el Colegio de las Teresianas ni aun os he hablado del reencuentro '50 años desde la reválida' justo el año pasado, ahora, que se que me van a leer,  siento que tengo que terminar una historia que dejé pendiente hace ya bastantes años, una historia que sucedió en la Casa de los Méndez en la calle San Antón y que yo empecé a contaros en este blog.


Lejos de mi alcance
Al otro lado del Hotel Villa Oniria
Mis antiguas compañeras y amigas han llegado hasta mi blog porque la casa de los Méndez en la calle San Antón también es parte de nuestra historia compartida.  Nuestro colegio estaba unas manzanas más abajo, en dirección al río, pero recorríamos la calle San Antón arriba y abajo, sorteando coches y tranvía cuando salíamos o entrabamos al colegio y además, justo enfrente de esta casa, en el Veracruz - ¡que aun existe!-, tomábamos nuestras primeras cañas de cerveza los sábados cuando salíamos de clase. - ¡Entonces teníamos clases los sábados!

Expediente de rehabilitación
Otras ruinas en Granada - algo habitual

Así que todas conocíamos la casa, y la vimos vaciarse de moradores y más tarde la vimos abandonada y casi en ruinas.

El fantasma de las escaleras

La historia sucedió cuando mi amigo Antonio, al que habían encargado tomar medidas de la casa para rehabilitarla y convertirla en el hotel que es ahora, encontró un fantasma en la casa.

Él me contó que solía ir a la casa por las tardes, cuando terminaba de visitar las obras en donde trabajaba o de hacer trabajos en su despacho. Se paseaba por  aquella preciosa mansión abandonada con sus útiles de agrimensor. No había muebles, solo un piano y algunas sillas rotas, pero algunas cortinas aun colgaban en los grandes balcones abiertos al tráfico de la calle en los días de verano que le tocó trabajar en la casa.
En un salón se podía ver la huella de la chimenea, en otro la chimenea se había mantenido, pero estaba totalmente en ruinas. Muchos años de abandono, de ocupas, de polvo, telarañas y gatos. 

Una tarde de aquel verano oyó ruido en el piso de arriba: portazos, pasos, quizá era un gato o varios gatos correteando. De pronto el ruido cambió: se oía música. 


Monasterio de Santa Maria de Ripoll
Había un pianista en el Monasterio de Ripoll
No era una radio, alguien tocaba el piano que había visto en el salón del primer piso.
Subió despacio las escaleras, silenciosamente. Entró en la habitación. 

Un muchacho concentrado en la música  tocaba el piano como si fuera suyo, como si llevara haciéndolo muchas tardes o muchos días. 
Antonio se acercó -  ¿Qué haces ahí?
El muchacho dejó de tocar, se volvió -  ¿Quién eres tu? replicó sorprendido de haber sido descubierto.

El pianista explicó que había visto el piano en sus correrías por la casa vacía.  Desde hacia unos meses entraba por el tejado, bajaba por una escalera interior y tocaba el piano hasta que se hacía de noche. 
Al terminar su concierto salía de la casa por donde había entrado. No molestaba a nadie, nadie le molestaba a él. 


Otros jóvenes pianistas
Aquel había sido fue su ultimo concierto. Allí desapareció el fantasma para siempre.


Me gustaría saber si los huéspedes del Hotel Villa Oniria escuchan en las noches granadinas la melodía que aquel joven pianista dejaba en las teclas del piano solitario.

Todo esto es verdad. Yo solo invento lo que no se. 

jueves, 17 de diciembre de 2015

El olor de la casa del membrillo

Por la noche, cuando me levanté al cuarto de baño, como hago todos los días, me llegó un olor desagradable y tan fuerte que parecía que uno de los invitados se había dejado los zapatos en el pasillo. Luego pensé que no era ese el olor, mas bien parecía que habíamos dejado el estofado cocinándose lentamente en la olla lenta como yo hago en casa cuando quiero preparar un sabroso guiso de cordero, o peor aún, parecía una coliflor o un brócoli que llevase horas cociéndose.
Crema de verduras
Un guiso oloroso
Pero en esa casa no había olla lenta, ni mucho menos habíamos cocinado un estofado, ni siquiera una sopa de verdad. Para cenar nos tomamos un tazón de sopa de cartón, unas tortillas con los huevos ecológicos que nos dejó como regalo en la mesa de la cocina la dueña de la casa rural donde nos alojábamos y unos ricos embutidos que nos habíamos traído desde casa. 
Así que el olor no procedía de allí.
Quizás fuera la chimenea, quizás alguien había tirado alguna cosa rara al fuego junto con los papeles que sobraron cuando Isa recortó las fotos de los folletos turísticos para  su libreta de viaje.
Teníamos una fantástica chimenea
Quizás en el montón de papelillos iba una monda de mandarina, unas cáscaras de nuez, los envoltorios de las galletas, ¿qué se yo?
Hora de ver la tele un rato


Ese extraño olor me recordaba también al que a veces me sorprende en la cocina de casa. Entonces me paso una mañana entera olisqueando, como un perrillo, todos los rincones. Busco algo podrido en el frutero, en el cajón de la verdura, en el cesto de las patatas o debajo del fregadero,  hasta que hago limpieza general y doy con una pequeña patata apestosa, deshecha y blanquecina que es la responsable de mi limpieza general.
Happy Halloween!
Mi bodegón de este otoño con calabazas


Barroco español
Este quedó precioso
En una ocasión tardé unas semanas en darme cuenta de que el olor procedía de un precioso bodegón de manzanas, membrillos y granadas que había puesto como centro en la mesa del comedor. En las fotos que le hice estaba fantástico   hasta que una manzana podrida acabó con la belleza de mi composición frutal.  Entonces decidí poner solo piñas y otras frutas secas para decorar.
El membrillo y el pozo en el patio de la casa

Pero en nuestra casa rural nadie había hecho nada por mejorar la decoración. La casa era grande, cómoda y caliente. Teníamos lo necesario para pasar allí unos buenos días de vacaciones visitando los alrededores y llegábamos a la casa solo para descansar un rato, cenar, echar unas partidas de cartas o de la wii, que es lo que hacía Isa P, e irnos pronto a la cama, que la vida de turista, como todos sabemos, es dura y hay que madrugar. 
Así que el olor no procedía ni siquiera de un simple frutero de decoración, ni de una jarrón con flores. 
Me volví a acostar con ese olor en la nariz y me levanté temprano, fui la primera y el olor seguía presente en el pasillo.  Quizás procedía de unas habitaciones cerradas con llave en la planta de arriba. La señora de la casa nos explicó que esa era su casa familiar de los veranos y estaba claro que algunas cosas no estaban allí para nosotros. ¿Se habrían dejado algo dentro que ahora se había descompuesto? ¿O habría un fantasma misteriosos que espantaba a los huéspedes para que no demorasen su salida?

No lo sabía, pero poco a poco todos se fueron levantando y empezamos a preparar el desayuno y las maletas porque ya se acababan las pequeñas vacaciones de este puente. 

De pronto mi hermana Isa salió del cuarto de su hija Isap (por pequeña) con un plato en la mano ¡¡lleno de trozos de cebolla!!

Trozos de cebolla

Ese remedio para la nariz atascada de Isa chica era el responsable del olor de la casa del membrillo. Ni guiso, ni potaje, ni membrillo podrido, ¡solo unos cascos de cebolla!
El porche de la casa del membrillo y del olor

Nos reímos un rato con los remedios caseros de mi hermana y nos alivió saber que no dejábamos ningún rastro apestoso en esa casa y que todo estaba bien cuando nos fuimos.
 Aquí tenéis a nuestro grupo, yo estoy al otro lado de la cámara, para variar.


Muchos besos y espero que disfrutemos pronto de otras buenas vacaciones. ¡¡Nos vemos en Navidad!!