Las tortas de cartón, como llamaba mi padre a las tortas de INÉS ROSALES, son mi magdalena de Proust. No me hace falta ni siquiera probarlas, ya sé cómo saben, - aunque ahora las vendan de muchos sabores y colores -. La torta tradicional es la que evoca mis recuerdos. Solo con verlas en el Mercadona, o en la vitrina de dulces de la cafetería, ya me acuerdo de mi padre. El hombre aparentemente tranquilo, y de costumbres aparentemente inmutables.
Por ejemplo, mi padre era hombre de costumbres fijas: siempre que viajaba a Madrid se alojaba en el Hotel Inglaterra, por ejemplo. Decía que estaba muy cerca del Ministerio, que era a donde él se dirigía para las reuniones oficiales a las que le convocaban. En el hotel ya lo conocían, por eso siempre paraba allí cuando viajaba por motivos de trabajo.
| El Ministerio |
Por ejemplo, mi padre era hombre de costumbres fijas: siempre que viajaba a Madrid se alojaba en el Hotel Inglaterra, por ejemplo. Decía que estaba muy cerca del Ministerio, que era a donde él se dirigía para las reuniones oficiales a las que le convocaban. En el hotel ya lo conocían, por eso siempre paraba allí cuando viajaba por motivos de trabajo.
Le
gustaba viajar de noche en el tren. Cogía el Ter a las ocho de la tarde y no tenía problemas para dormir en el coche-cama o en una litera. Llegaba a Madrid por la mañana, con tiempo de pasar por el hotel, arreglarse un poco e irse para su reunión del día.
Antes
de que el tren partiera de la estación, pasaba por el quiosco que había en el andén y se
compraba alguna revista de actualidad, La Gaceta Ilustrada, La Actualidad española, un librito de crucigramas- palabras
cruzadas para él, y alguna novela de Agatha Christie, que un par de horas más
tarde descubría que ya había leído, no una sino al menos cinco veces en
sucesivos viajes en tren. Además de que tenia la colección completa en casa.
Creo que siempre tuvo la ilusión de que la señora Agatha Christie publicara nuevas novelas para sus viajes,
pero no era así y él olvidaba los títulos, no reconocía las portadas y las
volvía a comprar. Se la volvía a leer durante el viaje y la dejaba abandonada en el
asiento de su compartimento. Decía que no le importaba, que había olvidado quien era el asesino desde una lectura hasta la siguiente.
El viaje de regreso era parecido: tren nocturno, doce horas para llegar a casa. No se quejaba, le gustaba leer en el tren, resolver las palabras cruzadas y seguramente charlaba bastante con sus compañeros de departamento. Era un hombre muy sociable.
Como entonces fumaba y se podía fumar en el tren, seguro que pedir fuego u ofrecer un cigarrillo eran la excusa perfecta para comenzar las charlas.
Como entonces fumaba y se podía fumar en el tren, seguro que pedir fuego u ofrecer un cigarrillo eran la excusa perfecta para comenzar las charlas.
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| Cafetería Goya hace mucho tiempo |
| Tortas de cartón |
Para
desayunar siempre pedía un café con leche y un bilbaíno - un bollo, no un
oriundo de Bilbao, y si no tenían, pedía una torta de cartón con su café, y
explicaba que él llamaba así a las tortas de Inés Rosales, esas que son muy delgadas y vienen envueltas en papel un poco encerado.
Siempre
dejaba propina y siempre era muy amable con los camareros a los que llamaba a
voces o con grandes gestos de sus manos si se habían olvidado del vaso de agua
que siempre tomaba con su café o para pedirles la cuenta.
Cuando terminaba el desayuno, limpiaba las
migas del mostrador, despejaba todo lo que tenía delante, sacaba su
portamonedas, como él llamaba al monedero, y esparcía las monedas para ver si tenía dinero suelto
para pagar y para dejar la propina habitual.
Si los camareros lo conocían en la cafetería, y
solían conocerlo porque no le gustaba cambiar sus ritos mañaneros, estos
rituales eran más sencillos: no tenía que llamar a nadie y no tenía que
explicar lo de las tortas de cartón.
Después
del café volvía a su trabajo.
A mi me gustaba ir a desayunar con él y compartir estas costumbres matinales. Por eso a mi también me gustan estas tortas de cartón.






