miércoles, 15 de abril de 2020

Erase una vez ... La Medina de Marrakech

Ropa para Pili
Varias ONG de la ciudad se han unido para ayudar a la gente sin techo y los han reunido en el Palacio de Deportes.

Mi prima Pili, que está de voluntaria con una de estas ONG, me dijo que necesitaban ropa cómoda para estos días que estarán allí confinados. Me preguntó si tenía zapatillas, pijamas, chándales, camisetas y, sobre todo, ropa interior toallas y sábanas.

Como estoy de limpieza de armarios y cajones desde que nos encerraron en casa, tenía ya varias bolsas de ropa para regalar. Seleccioné lo que mejor se adaptaba a sus necesidades y le dije que pasara a recoger las bolsas.

El domingo pasado vino a recoger la ropa. Nos dio mucha alegría de vernos, aunque fuera manteniendo las distancias y solo unos minutos, lo justo para llevar la carga a su coche, que ya estaba hasta arriba de cosas que había ido recogiendo. Ella me dio las gracias por todo. En realidad, yo se las doy a ella, por su trabajo de voluntaria, por su eterna sonrisa y porque me ha limpiado los armarios y  los cajones de cosas que ya no utilizábamos y ocupan espacio. 
Puse el almizcle en la caja de los pañuelos

Como me ha dado por arreglar y ordenar, hoy he vaciado mi caja de los pañuelos, los pañuelos de cuello, claro, - ya solamente mi madre y Pedro usan pañuelos de tela.


Cuando abrí la caja, el olor de los pañuelos me ha traído a la memoria un cuento sucedido en la Medina de Marrakech. 
Pensareis que ahora me ha dado por viajar al pasado, en vez de vivir en el presente. Pero, ¿qué queréis que os diga? Este presente es bastante incierto y quizás muy peligroso. 
Pienso que es mejor recordar cuando viajábamos y cuando estábamos juntos y confiar en que pronto volverá a ser así. 
Mientras, yo recuerdo mis viajes de antes, sobre todo si van acompañados de olores o sabores.  Para mí algunos olores siempre estarán conmigo, y el olor de la piedra del cuento, del almizcle guardado entre mis pañuelos, será eterno.

ESTE ES EL CUENTO:
El muchacho llegó corriendo a nuestra mesa: Yo soy el guía que la agencia les ha prometido. Yo iré con vosotros todo el día. Yo, vuestro amigo. Yo conozco los mejores sitios para comprar. Vamos. Es tarde.

Marrakech
Calles de la Medina de Marrakech
Durante la mañana nos habíamos perdido en la medina de la ciudad, en un laberinto de callejuelas con puestos de especias y de tenderetes donde nos ofrecían ropa, alfombras, tapices, antigüedades, colgaduras, tintes, cestos, espadas, lámparas, cántaros, mesas de latón, joyas, cinturones, túnicas, pañuelos, sombreros, chilabas, babuchas,  comida,  perfumes. Estábamos ya un poco mareados, pero dispuestos  a aprovechar nuestra visita a la ciudad.
Ya era por la tarde y el muchacho nos metía prisa sin parar de hablar, ni de andar y al mismo tiempo regateaba por nosotros en cada lugar donde parábamos  para examinar y quizás comprar alguno de los objetos que nos ofrecían. Pero él nos quitaba a todos los vendedores: - No buen precio. Yo te llevo con mi amigo, decía siempre. 
Joyas de la Medina
 En el puesto de su amigo compramos unas cajas de madera de teca, unos collares, unas pulseras de plata labradas , un juego de vasos de té y unos espejos de pared. 
Cuando ya le habíamos pagado y nos estábamos despidiendo de él, el muchacho no nos dejaba marchar. - Yo quiero enseñar algo diferente, algo nuestro. Yo, vuestro amigo,  repetía una y otra vez. - Yo os llevo a la farmacia árabe.
Llegamos a un puesto algo especial y nos hizo pasar al otro lado del mostrador. En un pequeño cuarto muy poco iluminado se adivinaban  unos estantes de madera abarrotados de tarros llenos de piedras, raíces, tierra y polvos de cientos de colores y olores.
 El hombre que atendía la farmacia nos hizo sentar en unos taburetes y nos explicaba sin ninguna prisa y en su media lengua para qué servían aquellos productos. Abría los tarros y nos dejaba olerlos, tocarlos y sentirlos todo el tiempo que quisiéramos. - Tú mira, toca, huele. No prisa.
Nos emborrachó con los aromas y colores que salían de los tarros y con los sonidos confusos que él emitía y que nos llegaban de la radio y de la calle. En la mortecina luz de la habitación relucían las pieles de las serpientes, las piedras de ámbar y almizcle y los amuletos de plata y oro: la mano de Fátima y los collares y cinturones de las novias.
Nos contaba leyendas que venían del fondo del desierto, nos explicaba los ritos de curación de enfermedades ancestrales, nos envolvía en su cháchara peligrosa y nos dejaba caer en el fondo del pozo de donde sacaba su sabiduría. 
La farmacia
Sobre una gran mesa donde había ido poniendo los tarros que abría despacio para mostrarnos su contenido, colocó poco a poco, sin darnos cuenta, unas piedras escogidas especialmente para nosotros, unos trozos de raíces y unas hojas secas. Hizo dos montones que envolvió en papel de periódico. - Para las mujeras, dijo, y nos los dio junto con una bolsas de hojas de té verde. Son 500 dirhams. Sin pronunciar ni una palabra de regateo, le pagamos y salimos de nuevo al laberinto.
Nuestro guía había desaparecido. Era de noche y los puestos estaban cerrando. Todos volvían a casa. La ciudad se apagaba. Nosotros no sabíamos aún qué había pasado. Llegamos a la plaza aturdidos, mareados y nos sentamos a tomar una limonada con menta en un cafetín allí cerca. Yo pedí un thé à la menthe

Mientras esperaba que el té se enfriara un poco, abrí el paquete. Había pagado por nada. No había nada, solo piedras sucias y rugosas, hojas secas, raíces podridas.  No podía creer el timo.
Plaza de Yamaa el Fna al atardecer
 Miré alrededor. A la luz de los candiles, los hombres empezaban a hacer corros y a escuchar a los encantadores. Vi a uno que sacó una serpiente del cesto y la hacía bailar con una flauta, otro contaba cuentos gesticulando y moviendo las ajorcas.
 Los paseantes los escuchaban un rato, les dejaban unas monedas y seguían su camino.
Nosotros volvimos al hotel. Sentimos que un muchacho y un mancebo de botica nos habían encantado y ya habíamos oído bastantes cuentos.
  
De este viaje hace ya 20 años. Pero la piedra de almizcle sigue en la caja de mis pañuelos y chales emanando su aroma. ¡Ya le vale, pague 500 dirhams por ella!

4 comentarios:

  1. Gracias prima, muy bonito cómo escribes y lo que cuentas. Un beso

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  2. Yo es leer Marrakech y me acuerdo de esto, y ahora de esta versión, porque ya no están ninguno de los dos.

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    1. Muchas gracias por el video. No conocía este tema de Carlos Cano. Es perfecto para este post!

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