Ayer Ana, mi amiga la costurera, me llamó para decirme que había muerto Andrés, el Moreno. Me sorprendió su muerte repentina - Se lo encontraron muerto en su cama ayer, -me dijo. Pero no me sorprendió su muerte. A ver. Andrés jugaba con la vida cada día.
Por lo que yo sabía su vida era una carrera hacia este
fin. No comía nada absolutamente. Se alimentaba de cerveza y de cigarrillos. Siempre con un botellín en la mano en todos los bares donde yo me lo encontraba en mis paseos por este pueblo.
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| Copas y mascarillas |
Pero Andrés, que no comía, reía siempre, bueno, sonreía taimadamente como quien sabe de la vida más que tú y que yo.
¿Por qué nos cogió cariño a Pedro y a mí y nosotros se lo cogimos a él?
Empezamos por saludarlo cuando coincidíamos con él en Las Peñas, aún en pandemia, cuando todos entrabamos recelosos en los bares y guardábamos las distancias. Nosotros aún nos poníamos las mascarillas para salir de casa; no recuerdo haber visto a Andrés con una mascarilla nunca. Era como si la ley no se hubiera escrito para él, esa ley y algunas otras.
Él se sentaba en un taburete junto al fuego y se fumaba
un cigarrillo tras otro porque sabía que ninguno de los allí presentes íbamos a llamarle
la atención por fumar. Nadie le decía nada. Nadie, a pesar de que conocía a todo
cristo que entraba por allí.
En esa esquina junto al fuego hacía sus
negocios, como si fuera miembro de una vieja tribu de tratantes de ganado, y debían
de ser negocios importantes. Dicen las malas lenguas que controlaba al pueblo; es decir los negocios ocultos del pueblo y los colegas que venían
a consultarle o saludarle eran unos tíos grandes con pintas de matones a los que yo nunca
llamaría la atención por fumar ni por nada. A mi me intimidaban.
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| Junto al fuego |
Pero con él era diferente. Siempre tuvo un trato y una palabra amable con Pedro y conmigo.
Este pasado verano, cuando me veía sola por la calle, él y su mujer me invitaban a sentarme un rato y tomar una cerveza con ellos. Nunca acepté esa invitación y ahora me arrepiento. Yo no quería molestar a nadie con mi pena, pero ellos sí querían ayudarme y acompañarme de verdad.
Y es que Andrés era como un figurín, un figura más bien. Alto, delgado, flaquísimo, de piel muy oscura y pelo corto muy moreno. Tenía la cara totalmente tatuada con los símbolos de una vida difícil.
Apareció
de repente en el pueblo y en nuestras vidas y la gente de nuestro alrededor parecían
conocerlo desde siempre y lo saludaban como a aquel que ha vuelto de un
larguísimo viaje.
Parece que si, que había pasado un tiempo en otro país, aquel en donde se dejó a un hermano
con una grave acusación sobre sus hombros. El resto de sus hermanos también viajaron hace ya muchos años a otro país lejano, tan lejos que ya nunca volverán por aquí.
Ayer nos dejó. Echaré de menos su sonrisa y sus palabras amables conmigo.
Descanse en Paz
NOTA .- Si alguien conoce a Andrés y no desea que este texto esté publicado, por favor diganmelo. Lo quitaré inmediatamente.

