miércoles, 11 de mayo de 2022

La conversión del abuelo

El camino de regreso de la playa

Cuando volvíamos de la playa ayer me fijé en que junto al cementerio  de un pueblo del Valle de Lecrín habían construido un par de casas modernas. Desde la autovía se veía un cartel muy grande en una de ellas: VELATORIO. Curioso nombre: en mi pueblo, como en todos los pueblos y ciudades por aquí cerca, hay tanatorios pero lo de velatorio o - velorio- como se decía antes a lo de acompañar la familia del difunto, es algo antiguo, algo que se hacía en las casas, y que ahora se hace en el Tanatorio.

El cartel me recordó otras ocasiones en que he pasado algunas horas junto a un difunto, o junto a la familia del mismo.

Mi tía Dora solía contar que nunca se había reído más en su vida que en el velatorio de su padre. Algunos amigos que estaban acompañando a la familia se pusieron a contar chistes y no pararon en toda la noche y ella, con los nervios de sentir que debía estar llorando, no podía parar de reír con las ocurrencias de aquella gente.

Yo no estuve en ese velatorio con ella pero cuando murió Luisa, la madre de Ramona mi vecina del segundo, fui con mis dos hermanas al cementerio a acompañar a la familia. Yo me había sentido un poco forzada a estar allí; conocía a Ramona, pero poco a su madre que llevaba mucho tiempo enferma y estoy segura de que ella me confundía con cualquiera de mis hermanas.  

 Al final pasamos una de esas noches memorables en la que nos reímos con todas nuestras fuerzas con las historias que nos contó Antonia, la hermana de la difunta, sobre su abuelo, el abuelo de Luisa y Antonia. Yo calculé que estas dos hermanas debían rondar por los ochenta y tantos años largos, así que me pregunté en qué momento remoto del pasado habría sucedido la historia que ahora nos contaba esta mujer. 

La misa en el pueblo

"Nuestro abuelo se crió en la familia más religiosa de su pueblo, tanto que todos sus miembros asistían diariamente a la misa de diez en la parroquia y llevaban con ellos a todas las criaturas de la casa, grandes y pequeñas. Cuando los mayores se acercaban a comulgar hacían turnos para que siempre se quedara un familiar con los críos en el banco. Nunca se les había ocurrido dejarlos en casa. El abuelo era uno de esos pequeños y siguió cumpliendo con las tradiciones religiosas de su familia hasta que se alejó del pueblo y de su familia para ir a hacer el servicio militar" - nos contó Antonia.

Antonia nos dijo que lo enviaron al norte a luchar contra los Carlistas. Si hago cálculos de su edad y de los posibles 20 años de su abuelo quizás podría deducir de qué guerra Carlista estaba hablando, pero en el fondo da exactamente igual: todas las guerras son iguales, carlistas, civiles o inciviles.  Porque el abuelo volvió de la guerra convertido en otra persona. Todo lo que había sufrido, lo que había vivido y lo que había visto en el ejército, en la población civil y, sobre todo, en la iglesia, le había cambiado radicalmente. Se declaró ateo y anticlerical. No quería volver a saber nada de la religión ni de la iglesia y así lo explicó a todos los que quisieron escucharlo.

Este chiste de Forges se publicó en el diario EL PAÍS  el día 26 de marzo de 2006,  el día que ETA declaró una tregua, que posteriormente rompió

Así pasó su vida, siguió viviendo en el pueblo y pasaron los años. Ya mayor cayó enfermo y pasó mucho tiempo en la cama. Era evidente que se estaba muriendo. Cuando sus hermanos vieron que ya ni hablaba, ni conocía los que estaban junto a él y parecía haber perdido la consciencia, decidieron llamar el cura para que le administrara los últimos sacramentos.

Toda la familia rodeaba la cama del abuelo, de rodillas rezaban pidiendo a Dios por la salvación de su alma. El cura rezaba sus oraciones y  se acercó al enfermo con el hisopo levantado para ungirlo con los santos oleos.  

En ese momento el abuelo alzó su mano y agarró con todas sus fuerzas el brazo del sacerdote que se disponía a dejar caer sus oleos. Hecho una fiera empezó a dar grandes voces. - ¿Cómo habéis podido? No quiero que se acerque a mí, ¡que no me toque! Fuera, Fuera, echadlo lejos de aquí. ¡¡¡Fuera!!!

Los misterios de la religión
El cura salió del dormitorio y de la casa como si hubiera visto al mismísimo diablo resucitado y el abuelo se quedó tan tranquilo en su lecho de enfermo. A los pocos días falleció.

Cuando la familia preparaba el funeral y el entierro, el párroco se acercó por la casa a decirles que no pensaba dar sepultura al abuelo en el cementerio porque no había muerto como un buen cristiano.  Los hermanos hicieron llegar al párroco sus planes de emplear el dinero que habían pensado gastar en el funeral, el entierro y las misas por el alma del abuelo muerto, en comprar aceite, pan y comida para repartir a los pobres del pueblo.

Poco tiempo tardó el párroco en volver por la casa familiar para comunicarles que en atención a la probada religiosidad de todos ellos, el abuelo sería enterrado en el panteón familiar como ellos tenían pensado hacer al principio, y además se les dirían todas las misas que ellos estimaran oportuno encargar.

Cristiana sepultura

 —Faltaría más—, dijo – Ustedes son una de las familias mas cristianas del pueblo ¿Cómo iba a ser de otra manera?"

Esa es la historia de la conversión del abuelo, como me la contaron os la cuento- pero yo creo que debería haberla llamado ‘La conversión del cura’

 

 

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