miércoles, 7 de enero de 2026

Figurín

 Ayer Ana, mi amiga la costurera, me llamó para decirme que había muerto Andrés, el Moreno.  Me sorprendió su muerte repentina - Se lo encontraron muerto en su cama ayer, -me dijo. Pero no me sorprendió su muerte. A ver. Andrés jugaba con la vida cada día. 

Por lo que yo sabía su vida era una carrera hacia este fin. No comía nada absolutamente. Se alimentaba de cerveza y de cigarrillos. Siempre con un botellín en la mano en todos los bares donde yo me lo encontraba en mis paseos por este pueblo.

Copas y mascarillas

Cuando coincidía en la terraza o en la barra de un bar con él, yo me fijaba en que nunca comía las tapas. De hecho, ya el camarero no se las ponía. Solo durante el periodo de tiempo que lo vi ir de copas y bares con su mujer y las chiquillas, que yo pensaba que eran sus hijas, sí les veía algo de comida en los platillos de las tapas, pero esa etapa ya había terminado. Últimamente siempre estaba solo, como cuando le conocimos

Pero Andrés, que no comía, reía siempre, bueno, sonreía taimadamente como quien sabe de la vida más que tú y que yo. 

¿Por qué nos cogió cariño a Pedro y a mí y nosotros se lo cogimos a él?

Empezamos por saludarlo cuando coincidíamos con él en Las Peñas, aún en pandemia, cuando todos entrabamos recelosos en los bares y guardábamos las distancias. Nosotros aún nos poníamos las mascarillas para salir de casa; no recuerdo haber visto a Andrés con una mascarilla nunca. Era como si la ley no se hubiera escrito para él, esa ley y algunas otras.

Él se sentaba en un taburete junto al fuego y se fumaba un cigarrillo tras otro porque sabía que ninguno de los allí presentes íbamos a llamarle la atención por fumar. Nadie le decía nada. Nadie, a pesar de que conocía a todo cristo que entraba por allí.

En esa esquina junto al fuego hacía sus negocios, como si fuera miembro de una vieja tribu de tratantes de ganado, y debían de ser negocios importantes. Dicen las malas lenguas que controlaba al pueblo; es decir los negocios ocultos del pueblo y los colegas que venían a consultarle o saludarle eran unos tíos grandes con pintas de matones a los que yo nunca llamaría la atención por fumar ni por nada. A mi me intimidaban.

Junto al fuego

Pero con él era diferente. Siempre tuvo un trato y una palabra amable con Pedro y conmigo. 

Este pasado verano, cuando me veía sola por la calle, él y su mujer me invitaban a sentarme un rato y tomar una cerveza con ellos. Nunca acepté esa invitación y ahora me arrepiento. Yo no quería molestar a nadie con mi pena, pero ellos sí querían ayudarme y acompañarme de verdad.

Y es que Andrés era como un figurín, un figura más bien. Alto, delgado, flaquísimo, de piel muy oscura y pelo corto muy moreno. Tenía la cara totalmente tatuada con los símbolos de una vida difícil. 

Apareció de repente en el pueblo y en nuestras vidas y la gente de nuestro alrededor parecían conocerlo desde siempre y lo saludaban como a aquel que ha vuelto de un larguísimo viaje.

Parece que si, que había pasado un tiempo en otro país, aquel en donde se dejó a un hermano con una grave acusación sobre sus hombros. El resto de sus hermanos también viajaron hace ya muchos años a otro país lejano, tan lejos que ya nunca volverán por aquí

Ayer nos dejó. Echaré de menos su sonrisa y sus palabras amables conmigo.

Descanse en Paz

NOTA .- Si alguien conoce a Andrés y no desea que este texto esté publicado, por favor diganmelo. Lo quitaré inmediatamente.