domingo, 7 de septiembre de 2014

Un buen regalo

El hombre de la moto hizo una extraña maniobra en la curva con cambio de rasante junto a la placeta del barrio. Fue todo tan rápido que al coche de la autoescuela que venía delante de mí no le dio tiempo a esquivarlo y le rozó la carga. El motorista perdió el equilibrio y cayó al suelo. Todos los nardos que llevaba quedaron esparcidos a su alrededor como si fuera el santo de un altar del mes de las flores.
Nardos


 Paré el coche para ayudarle a levantarse y el olor se nos acercó de repente y entró por la puerta. El pequeño en su sillita del asiento de atrás puso un gesto hosco sorprendido por el aroma tan fuerte de los nardos rotos.
De malas maneras el hombre me agradeció la ayuda y fulminó con los ojos a la chica que estaba agarrada a los mandos del coche de la L que acababa de parar junto a la acera. No sabía si salir y ayudar también o echarse a llorar definitivamente. Temblaba con tanta fuerza que sus rodillas casi alcanzaban el volante.
Su profesora salió y se agachó a recoger algunas varas que parecían más enteras.  El hombre le dijo que lo dejara, que ya no las podría vender. Pero ella seguía recogiéndolas. Y el hombre, cuando terminó de enderezar la moto y de sacudirse el agua del chaquetón, le dijo que se las llevara si las quería y que ya arreglaría lo del seguro con la autoescuela. En un papel arrugado y sucio que se sacó del bolsillo y con medio lápiz garabateó un nombre y un número de teléfono que ella le estaba dando mientras seguía recogiendo las flores.
"Pero déjelo ya", dijo él. "¿No ve que están rotas y manchadas? ¿No ve que no sirven para nada?"
Ella se puso de pie, llevaba los nardos en la mano. Antes de meterse en el coche de nuevo y seguir con la clase, se acercó a un banco de la placeta y depositó su ofrenda. Luego respiró profundamente, nos miró y se fue.
Era muy temprano y hacía tanto frío que podría empezar a nevar en cualquier momento. Me pregunté de donde habría sacado el hombre los nardos en esta época del año. Los últimos que yo había visto plantados al aire libre unos días antes, cuando fui a comprar flores para llevarlas al cementerio, ya estarían totalmente marchitos tras la fría lluvia, casi nieve, de la noche anterior. Aquel hombre tenía que haberlos traído de los invernaderos de la costa. Calculé que eran más de cien las varas que había perdido una mala mañana por culpa de un despiste de la futura conductora o por el suelo mojado.
 Me quedé mirando al pequeño. Se había vuelto a dormir y por su cara feliz me decía que no quería abandonar su cómodo asiento ni el calor del coche.
Llegue a mi destino, le di un beso para despertarle. Lo cogí en brazos y lo dejé en su colegio. De camino a mi trabajo volví a pasar por el lugar de la caída. Unas señoras en chándal que habían salido a hacer deporte temprano volvían resoplando y se pararon junto al banco para tomar fuerzas y despedirse hacia sus tareas en diferentes direcciones. Se asombraron de ver los nardos. No había nadie más en la placeta. Me vieron pasar y vieron que las miré y que vi cómo se repartían su botín riendo con fuerza.
“Qué buen regalo:  una hora de deporte, doscientas calorías menos  y un hermoso ramo de nardos gratis”, dijeron.
Un buen regalo

Mandé este pequeño cuento al periódico para un concurso de relato breves que iban a publicar durante el mes de agosto.
A ellos no les gustó. Confío en que os guste a vosotros.